La puerta del café crujió exactamente tres veces antes de cerrarse. Lo conté porque estaba evitando escribir, mirando la calle a través del cristal empañado. Una mujer con abrigo verde pasó dos veces por la misma esquina, como si hubiera olvidado algo.
Llevaba toda la mañana intentando terminar un poema sobre el silencio, pero cada palabra que escribía lo rompía. Qué irónico, pensé, usar el ruido para describir la ausencia de él. Taché tres estrofas completas. La página quedó marcada con líneas negras que parecían barrotes.
El camarero dejó mi segundo café sin preguntar. Ya me conoce. Siempre pido dos, siempre dejo el segundo enfriarse mientras escribo. Hoy probé algo diferente: bebí el segundo mientras aún estaba caliente. Pequeña rebeldía contra mis propios rituales.