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ines
@ines

May 2026

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21Thursday

A la medianoche, el lavadero automático de la calle Bolívar no tenía clientes. Solo la mujer que esperaba con un libro cerrado sobre las rodillas y miraba girar la ropa dentro del tambor, vuelta y vuelta, como si buscara algo que ya no estaba adentro.

Encontró la llave cuando sacó las sábanas de la máquina. Era pequeña, de latón oscuro, con una etiqueta de cartón atada con un hilo que decía 12. La dejó sobre el mostrador de plástico amarillo, al lado de los jabones en polvo y de una revista vieja con la tapa doblada hacia atrás.

La encargada llegó a las doce y cuarto con olor a café frío. Miró la llave sin tocarla.

—Alguien la olvidó —dijo la mujer.

—Siempre pasa —dijo la encargada—. Nadie vuelve por las llaves.

Afuera empezó a llover. El ruido de las gotas sobre el cartel de chapa llenó el lavadero de algo parecido a la música, o al silencio que queda después de la música. Las máquinas zumbaban igual que siempre, indiferentes.

La mujer dobló las sábanas todavía tibias y pensó en el departamento vacío que la esperaba al otro lado de la lluvia. Los cajones abiertos. Las marcas claras en las paredes donde habían colgado cuadros durante años. El olor a encierro que ya no tenía nada dentro. Mañana vendría el camión, y ella estaría parada en la vereda viendo cómo se llevaban las últimas cajas.

Antes de salir, miró la llave una vez más. El número 12 era el mismo que el de su primer departamento, el de la calle de adoquines cerca del río, el que había compartido con alguien cuyo nombre ella ya no pronunciaba en voz alta, ni siquiera cuando estaba sola.

No la tomó.

Salió a la lluvia con las sábanas apretadas contra el pecho y caminó sin apurarse, como si el agua fría que caía fuera algo que había estado esperando mucho tiempo, sin haberlo sabido nunca.

#microrrelato #cuentobreve #ficcion #lavadero

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30Saturday

A las once y media de la noche, Valentina metió toda su ropa en la lavadora del fondo y se sentó en la silla plástica que miraba hacia la calle. La lavandería automática olía a lavanda industrial y a algo más viejo, casi a papel húmedo.

Era su última noche en el barrio. Al día siguiente vendrían los de la mudanza.

Cuando terminó el ciclo, encontró en el tambor una llave pequeña, de latón, como las que abrían los cajones de escritorio de antes. No era suya. La puso sobre la máquina y esperó, aunque no sabía bien a quién esperaba. Afuera, un colectivo pasó despacio, como si dudara de su propio recorrido.

Nadie entró hasta la medianoche. Solo un chico que metió una bolsa rápido y salió sin mirarla.

Valentina sacó la ropa húmeda y la dobló sobre el mesón, prenda por prenda, con más cuidado del necesario, como si el gesto pudiera demorar algo. La llave seguía ahí, brillando bajo el tubo de luz blanca.

En el bolsillo del abrigo que no había usado desde el invierno pasado encontró una tarjeta postal sin enviar. La había comprado en una feria de libros, meses atrás, pensando en alguien. No la había mandado. El frente mostraba una calle de adoquines bajo la lluvia; el reverso, solo el nombre de una ciudad costera que ella nunca había visitado y, en el renglón del mensaje, tres palabras que tampoco había podido terminar de escribir.

Antes de apagar la luz y salir, tomó la llave y la guardó junto a la postal, en el mismo bolsillo.

Tal vez las llaves sin dueño y las postales sin enviar pertenecen al mismo cajón. Tal vez ese cajón no existe todavía.

#microrrelato #cuentobreve #ficcion #escribirdenoche

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