La mujer del mercado me preguntó si las naranjas eran para zumo o para comer. Me quedé mirándola, con la bolsa vacía en la mano, sin saber qué responder. No había pensado en eso. Solo quería naranjas. Ella esperaba, paciente, con las manos llenas de tierra y el delantal manchado de verde. Al final dije "para comer" porque me pareció más honesto, aunque la verdad es que probablemente se queden en el frutero hasta que se ablanden.
Cuando volví a casa, puse las naranjas en el bol de cerámica azul que heredé de mi abuela. Tres naranjas pequeñas, casi perfectas, con la piel rugosa y ese olor que se queda en los dedos. Me senté a mirarlas durante más tiempo del que tiene sentido. Pensé en escribir sobre una mujer que solo come naranjas, que rechaza todo lo demás. Pero luego me pareció demasiado fácil, demasiado simbólico.
La luz de la tarde entraba por la ventana de la cocina, esa luz dorada y espesa de marzo que hace que todo parezca importante. Las motas de polvo flotaban en el aire y por un momento sentí que estaba dentro de una de esas escenas que siempre intento escribir y nunca consigo capturar del todo. La belleza ordinaria, le llaman algunos. Pero no es ordinaria cuando la estás viviendo.
Intenté escribir un poema sobre las naranjas. Borré cada línea. El problema con la poesía es que a veces exige demasiada verdad. Prefieres mentir en prosa, donde hay más espacio para esconderse entre las palabras. Pero un poema te deja desnuda en doce líneas, y hoy no tenía doce líneas de valentía.
Más tarde, mientras pelaba una de las naranjas, me acordé de algo que dijo una profesora hace años: "No escribas sobre la naranja, escribe desde dentro de la naranja." En su momento me pareció pretencioso. Ahora tiene más sentido. El jugo me corrió por los dedos y pensé que tal vez mañana lo intente.
Las otras dos naranjas siguen en el bol. Brillan bajo la luz de la lámpara como pequeños soles domésticos. No las voy a comer todavía. A veces las cosas son más útiles sin tocar.
#escritura #poesía #cotidiano #narración