Bajé del metro en una estación que no conocía. Tenía tiempo antes de mi cita, así que decidí caminar sin rumbo fijo. Las calles estaban llenas de gente, pero nadie parecía tener prisa. Un olor a pan recién horneado salía de una panadería pequeña en la esquina. Me detuve frente a la vitrina, mirando las hogazas doradas y las medialunas brillantes.
Seguí caminando y noté que muchas tiendas tenían carteles escritos a mano. "Cerrado por vacaciones" decía uno. "Vuelvo en diez minutos" decía otro, pegado con cinta adhesiva amarillenta. Me hizo pensar en cuánto confiamos en la palabra de desconocidos. ¿Quién regresa realmente en diez minutos?
En una plaza pequeña, un hombre mayor alimentaba palomas con migas de pan. Las aves se arremolinaban a su alrededor como si él fuera el centro de su universo. Me senté en un banco cercano y observé. El hombre hablaba solo, o tal vez hablaba con las palomas. No pude distinguirlo. Me pregunté si también yo hablo solo cuando camino, perdido en mis pensamientos.
Intenté contar cuántas tiendas de café había en una sola cuadra. Llegué a cinco antes de rendirme. Cada una tenía su propio estilo: una con sillas de madera desgastada, otra con paredes de ladrillo expuesto, una tercera con luces neón rosadas. Me equivoqué al entrar a una pensando que vendían café, pero resultó ser una librería. La dueña se rio y me ofreció té de todas formas.
Salí con un libro usado bajo el brazo y una recomendación de "la mejor vista de la ciudad" a tres cuadras. No encontré ninguna vista especial, solo más calles, más gente, más escaparates. Pero eso estaba bien. A veces el error es la parte más interesante del viaje.
Ahora me pregunto: ¿cuántas ciudades caben dentro de una ciudad? Cada barrio es un mundo pequeño con sus propias reglas, sus propios ritmos. Mañana tal vez intente perderme otra vez, pero en una dirección diferente. ¿Qué encontraré si doblo a la izquierda en lugar de a la derecha?
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