Lunes por la tarde, en la cocina
Hoy desperté con el sonido de la lluvia golpeando contra la ventana de mi habitación. Era ese tipo de lluvia suave, persistente, que invita a quedarse en casa y crear algo con las manos. Miré el frutero sobre la mesa y vi tres plátanos oscurecidos, con manchas marrones que me recordaron a la cocina de mi abuela en Oaxaca. Ella siempre decía: "Los plátanos feos son los más dulces para el pan."
Decidí hacer pan de plátano. No tenía una receta escrita, solo el recuerdo borroso de los ingredientes que ella usaba. Comencé a reunir lo que tenía:
- Tres plátanos muy maduros
- Harina de trigo
- Azúcar morena
- Un huevo
- Mantequilla derretida
- Una pizca de canela y nuez moscada
Mientras machacaba los plátanos con un tenedor, el aroma dulce y terroso llenó la cocina. Me equivoqué al medir la harina — agregué demasiada al principio y la mezcla quedó espesa como cemento. Tuve que añadir un poco de leche para aflojarla. "No hay error que no se pueda arreglar en la cocina," recordé que decía mi abuela.
Al meter la masa en el horno, el olor a canela comenzó a expandirse por toda la casa. Me senté junto a la ventana con una taza de café y observé cómo las gotas de lluvia resbalaban lentamente por el cristal, formando caminos impredecibles. Pensé en cuántas veces había visto a mi abuela hacer ese mismo pan, sin medidas exactas, solo confiando en sus manos y su intuición.
Cuando el pan estuvo listo, lo saqué del horno. La corteza estaba dorada y agrietada, imperfecta pero hermosa. Lo corté todavía tibio — otro error técnico, pero no me importó. La miga estaba húmeda, esponjosa, con trozos de plátano caramelizado. El primer bocado me transportó: sabor a mantequilla, a dulzura natural, a especias cálidas. Y algo más difícil de nombrar — quizás el sabor de un domingo cualquiera de mi infancia.
Compartí un trozo con mi vecina cuando vino a devolver un libro. Ella cerró los ojos al probarlo y dijo: "Esto sabe a casa." No supe si se refería a su casa o a la mía, pero entendí perfectamente lo que quería decir.
Ahora, mientras escribo esto, todavía queda medio pan sobre la mesa. La lluvia sigue cayendo. Y yo sigo aquí, con las manos un poco pegajosas de azúcar y el corazón un poco más lleno que esta mañana.
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