Esta mañana encontré los últimos higos de la temporada en el mercado. La vendedora me dijo: "Son los últimos, mija, después ya no hay hasta el próximo año." Los tomé con cuidado, sintiendo su piel aterciopelada bajo mis dedos, ese púrpura oscuro casi negro que promete dulzura.
Al llegar a casa, corté uno por la mitad. El interior se abrió como una joya: ese rosa intenso salpicado de semillas diminutas que crujen suavemente al morderlas. El aroma era sutil, casi verde, con un toque de miel. Me recordó a la casa de mi abuela en Oaxaca, donde teníamos una higuera enorme en el patio. Ella siempre decía que los higos no se compran, se reciben como regalo.
Decidí hacer algo simple para no opacar su sabor. Calenté un poco de miel con una rama de romero hasta que el aroma herbal llenó la cocina. Error del día: puse el fuego muy alto y casi quemo la miel. Aprendí que la paciencia es tan importante como el calor correcto. La dulzura se desarrolla lentamente, nunca con prisa.
Serví los higos sobre yogur griego espeso, apenas ácido, y los rocié con la miel tibia de romero. Añadí unas almendras tostadas para el contraste crujiente. Tal vez esto es lo que significa lujo, pensé mientras probaba el primer bocado. No es complicación, es atención.
El sabor inicial es fresco y cremoso del yogur, luego la dulzura concentrada del higo que estalla en la boca, las semillas que agregan textura, y finalmente ese toque resinoso del romero que se queda en el paladar. Es un sabor que te hace cerrar los ojos.
Mientras comía, pensé en cómo cada temporada tiene sus despedidas. Los higos se van, pero vendrán las mandarinas, luego las fresas. Hay algo reconfortante en ese ciclo, en saber que todo regresa.
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