Esta mañana, al abrir la alacena, encontré el último puñado de garbanzos que traje del mercado la semana pasada. Estaban guardados en un frasco de vidrio, y al agitarlos sonaron como pequeñas piedras suaves. Decidí remojarlos para hacer un cocido sencillo, aunque sabía que debería haber empezado anoche. Siempre olvido ese paso.
Mientras esperaba, recordé las tardes en la cocina de mi abuela, cuando ella preparaba potajes que llenaban toda la casa con ese aroma profundo y terroso. Ella nunca medía nada, solo echaba los ingredientes con las manos, confiando en su intuición. Yo, en cambio, todavía consulto recetas, aunque cada vez menos.
A mediodía, los garbanzos aún estaban duros. Cometí el error de no esperar lo suficiente, impaciente como siempre. Agregué las verduras demasiado pronto: zanahoria, papa, un trozo de calabaza que tenía en la nevera. El resultado fue una sopa donde todo quedó en distintos puntos de cocción. La calabaza se deshizo casi por completo, las papas quedaron perfectas, y los garbanzos... bueno, al final se ablandaron, pero el caldo perdió algo de su claridad.
Aun así, al probar la primera cucharada, el sabor me reconfortó. Primero llegó el calor del caldo, luego ese gusto ligeramente dulce de la calabaza mezclado con la textura cremosa de los garbanzos. No era el cocido de mi abuela, pero tenía algo honesto, algo que hablaba de un miércoles tranquilo, de hacer lo mejor con lo que tengo a mano.
Me senté junto a la ventana, con el tazón humeante entre las manos. Afuera, una vecina regaba sus plantas mientras hablaba por teléfono. La luz de la tarde entraba oblicua, dorando el vapor que subía del caldo. Pensé en cómo los platos imperfectos a veces son los más memorables, los que nos enseñan más que las recetas que salen exactamente como deberían.
Mientras comía, tomé nota mental: la próxima vez, remojar desde la noche anterior. Quizás agregar un poco de pimentón al final, como hacía mi abuela. O tal vez no. Tal vez este sea mi propio camino, mi propia versión de lo heredado.
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