Esta mañana abrí la alacena buscando algo simple y encontré un frasco de garbanzos que llevaba meses ahí, olvidado detrás de las latas de tomate. La luz entraba oblicua por la ventana de la cocina, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire tibio.
Decidí hacer un guiso tradicional, de esos que te calientan el alma. Mientras picaba la cebolla, el aroma dulce y punzante me transportó inmediatamente a la cocina de mi abuela. Ella siempre decía: "La cebolla es la base de todo buen platillo, mija. Dale tiempo, que se dore despacio."
Cometí un error tonto al principio. Subí demasiado el fuego, impaciente, y la cebolla comenzó a quemarse en los bordes. El olor cambió de dulce a amargo en segundos. Bajé la llama, agregué un chorrito de agua y rescaté lo que pude. Aprendí de nuevo que la prisa no tiene lugar en la cocina.
El guiso se fue armando poco a poco:
- Garbanzos ya cocidos
- Cebolla, ajo y pimiento rojo
- Un toque de pimentón ahumado
- Hojas frescas de laurel
- Caldo de verduras
Cuando todo estuvo listo, el primer bocado fue una revelación. Los garbanzos habían absorbido todos los sabores, suaves por fuera pero firmes en el centro. El pimentón dejaba un rastro cálido en la lengua, ahumado y terroso. El retrogusto era reconfortante, como un abrazo lento.
Me senté junto a la ventana a comer directamente de la olla, con una cuchara de madera. Afuera, un gato del vecindario se paseaba por el muro. El mundo seguía su ritmo, pero yo tenía este momento: un plato sencillo, una memoria revivida, una lección pequeña sobre la paciencia.
A veces lo mejor es lo que ya teníamos, esperando en la alacena.
#cocinalenta #garbanzos #recuerdos #saboresdecasa #comidasencilla