El aceite chisporroteó en cuanto el ajo tocó la sartén. Ese sonido —breve, seco, casi como una queja— me avisa de que la temperatura está bien antes de que lo vea.
Era martes de mercado. Amparo, la paradista del puesto diez, había traído pimientos rojos del Perelló: carnosos, piel tirante, ese brillo mate que tienen cuando no llevan días en cámara. Cogí cuatro. Para asar no hacen falta más.
Los metí al horno a fuego alto sobre papel de aluminio arrugado, porque así la piel se desprende sola. Mientras tanto, hice un sofrito lento con cebolla, tomate maduro y una hoja de laurel. Aquí me distraje: el sofrito se quedó corto, la cebolla apenas transparente. Lo noté al primer bocado —ese gusto áspero de cebolla a medio cocer que se asienta en la garganta. Añadí un chorrito de agua, bajé el fuego y esperé veinte minutos más. Al final quedó sedoso, con ese fondo dulce que sólo da la cebolla bien pochada.
Los pimientos los pelé todavía calientes, con cuidado de no perder el jugo que queda dentro. Ese líquido —ahumado, ligeramente amargo— lo eché directamente al sofrito. Mi abuela lo guardaba en un tarro y lo añadía al gazpacho de verano. Yo lo uso igual, aunque en otros platos: da un fondo que el vinagre solo no consigue.
Sobre pan tostado: primero el crujiente, luego la textura laminar del pimiento, sedosa pero con presencia. El sabor de fondo es terroso, con un regusto suave que dura. Bien de sal, esta vez.
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