Empecé en Buenavista pensando que Guerrero me quedaba de camino, que era cosa de cruzarla de norte a sur y tomar el Metro en Hidalgo antes de la una. Dos horas y media después estaba parado en una esquina de Nonoalco sin saber cómo había llegado ahí, revisando el mapa girado más grados de los necesarios.
La colonia convive desde hace décadas con una vialidad que la parte en dos: el Circuito Interior corre por un lado y la vida interior se reorganizó sin pedirle permiso a nadie. Hay talleres mecánicos pegados a vecindades, depósitos de material y un señor vendiendo extensiones eléctricas desde un carrito que parece instalado ahí desde el Mundial del 86.
Lo que anoté en la libreta fue una marquesina metálica, oxidada y ligeramente combada, sobre lo que fue una farmacia. Todavía dice "FARMACIA" en letras de esmalte blanco sobre azul, pero adentro venden refacciones para lavadoras. La marquesina no sabe que cambió el negocio. Me pareció una situación bastante digna.
Me bajé del microbús una parada antes porque interpreté mal el letrero de la cabina. Terminé caminando cuatro cuadras extras que me llevaron directamente a un puente peatonal sobre el cual nadie parece andar excepto yo y una señora con carrito de mandado, que lo cruzaba con la determinación de alguien que no tiene tiempo para puentes ornamentales.
Comí en una fonda sin nombre visible sobre Moctezuma. Pedí lo que señalaba el hombre de la mesa de al lado porque no logré descifrar el pizarrón. Resultó ser caldo de res con mucho epazote — tanto que el caldo era básicamente una infusión con trozos de carne flotando. No me quejo: el epazote estaba fresco y el caldo llegó caliente.
De regreso en el camión, anotando mientras doblaban hacia Reforma: "Guerrero no termina donde uno cree que termina."
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