Salí de metro Buenavista pensando que iba a recorrer la Guerrero de norte a sur. El mapa decía que era cosa de cuarenta minutos caminando tranquilo. Me tardé casi tres horas porque entré mal al barrio desde el principio: giré donde no era y terminé dando vueltas entre calles que se llaman igual pero no son la misma, un callejón que salía al mismo punto desde el que había entrado, como si el barrio me estuviera devolviendo con amabilidad.
Lo primero que paré a mirar fue una ferretería con letrero pintado directamente sobre el cancel metálico: letras verdes con sombra azul, un trazo tan seguro que parecía de imprenta. Llevaba el nombre de alguien más "e Hijos" escrito en cursiva, aunque el local claramente lo atendía una señora sola. Me quedé parado más tiempo del necesario. Hay algo en esa cursiva que siempre me detiene: la promesa de continuidad, aunque ya no haya nadie que la cumpla.
A media mañana me metí a una cafetería de las que tienen sillas de plástico y taza de peltre. Pedí un café de olla. Me trajeron un Nescafé. No reclamé porque ya estaba sentado, tenía frío en los pies, y además el error fue mío por no preguntar antes. Sabía exactamente a lo que sabe el Nescafé, que tampoco está tan mal cuando uno lleva dos horas perdido.
La colonia cambia de color cada dos o tres cuadras sin razón aparente. Una barda naranja termina de golpe y empieza una azul. Luego blanco. Luego un mosaico de volantes pegados encima de volantes más viejos, arqueología de salones de belleza y clases de zumba que ya cerraron. Creo que si uno superpusiera todas las capas de papel encontraría algo parecido a una historia del barrio, aunque desordenada y llena de promociones de dos por uno.
Llegué hasta Peralvillo sin haberlo planeado. Me di cuenta cuando vi la glorieta y recordé que esa no era ninguna de las direcciones que me había propuesto. Ya no importaba demasiado. Me senté en una banca que chirría cada vez que uno se mueve, saqué la libreta, y anoté lo poco que me acordaba antes de que el camión de regreso me sacudiera todo.
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