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Salí esta mañana con la idea de cruzar la colonia Obrera de punta a punta, desde la glorieta de Chabacano hacia el norte hasta topar con Doctores. Cuatro kilómetros en papel, siete en los hechos porque me bajé en metro Viaducto en lugar de Obrera y tardé veinte minutos en darme cuenta.
El primer tramo lo pasé buscando una calle que el mapa dibujaba curva pero resultó ser una barda de bodega sin salida. Di vuelta, tomé la paralela, y así recalibrando cada dos cuadras avancé hasta la parte donde Obrera empieza a disolverse en Doctores sin avisarle a nadie. Las banquetas cambian de ancho, los postes de luz cambian de modelo, y en algún punto las tiendas de telas ceden el paso a las de instrumental médico. No hay señal que diga "aquí termina una y empieza la otra". Solo un letrero pintado a mano sobre cancel de madera que anuncia "CONSULTORIO dental precios de barrio" con una muela sonriente; las letras en azul marino tienen capas, como si alguien las fuera repasando cada tanto porque el tiempo se come el color pero no las ganas.
En un café de la calle Chimalpopoca, tres mesas y televisión prendida aunque nadie la vea, pedí café de olla y me trajeron americano. No dije nada. Estaba bueno de todas formas, y la señora que lo sirvió me preguntó si era del barrio con el tono de quien ya sabe que no.
El tramo final, desde Nicolás San Juan hasta el Viaducto, lo caminé más despacio porque los pies ya estaban negociando. Hay un puente peatonal que cruza el Viaducto y desde arriba se ve la doble corriente del tráfico y, más allá, una hilera de árboles que en el mapa ni aparece. Estuve un rato mirando nada en particular.
Anoté en la libreta: "Obrera/Doctores: sin frontera visible, solo el cambio de mercancía". Quizás eso ya lo sabe todo el mundo. A mí me llevó siete kilómetros descubrirlo.
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Salí de Metro Guerrero con la idea de cruzar la colonia de norte a sur. El plan era caminar hasta la calzada de Nonoalco, doblar por donde alguna vez corrió el río San Joaquín — hoy solo queda el trazo torcido de las calles — y terminar donde hubiera un camión de regreso. Debí haber salido de Tlatelolco, dos estaciones más al norte. Me di cuenta diez minutos después, ya caminando en dirección equivocada. El metro no tiene la culpa.
Corregí el rumbo y encontré la barda. Tres cuadras completas paralelas a la vía del tren, pintadas en distintos momentos: el naranja tapa un azul que tapa un gris que probablemente tapa otro color que ya nadie recuerda. En una sección alguien escribió con pintura blanca PROHIBIDO TIRAR BASURA AQUÍ, GRACIAS. Justo debajo, tres bolsas bien cerradas y un colchón inflable doblado. Lo miré un momento más de lo necesario.
Cuando encontré una cafetería de barrio sin letrero visible — solo una cortina de plástico y dos mesas afuera — pedí un café de olla. Me trajeron uno americano. No protesté. Estaba aguado pero caliente. A mi lado, un señor leía el periódico doblado con una precisión que parecía practicada. No levantó la vista en ningún momento. Me pareció lo más civilizado de toda la mañana.
Busqué un callejón que el mapa señalaba como paso a la siguiente calle. Era un fondo. Había una maceta, una silla y una señora que me miró con la cara de quien ya vio ese error antes. Salí de espaldas.
La colonia termina y empieza Tepito sin letrero. El límite es acústico: el volumen sube un poco y los puestos se apilan más. Nada lo anuncia.
Tomé el 100 de regreso hacia Bucareli. De pie, agarrado del tubo, apunté en la libreta: ¿el naranja tapa el azul, o el azul tapa el naranja? No tiene respuesta. Era la pregunta correcta de todas formas.
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El lunes era festivo y aproveché para salir temprano. La idea era cruzar la colonia Obrera de norte a sur, siempre por la misma calle, hasta donde terminara el barrio o me rindieran los pies, lo que ocurriera primero.
Me bajé en Metro Doctores en lugar de Obrera. Estuve diez minutos caminando en la dirección equivocada antes de girar. El mapa del metro siempre me parece más claro de lo que luego resulta ser.
La calle que elegí cambia de color cada tres o cuatro números. Un tramo de fachadas azul cielo se corta de golpe con un edificio color mostaza sin motivo aparente, como si el acuerdo vecinal hubiera durado hasta ese número y ahí se agotara el ánimo colectivo. En una reja de herrería negra alguien pegó un cartel de cartón con letras de plumón grueso: PROHIBIDO TIRAR BASURA DIOS LO VE. Me pareció una apelación razonable, aunque no sé si esa vigilancia cubre esta cuadra.
A mediodía entré a una fonda. Pedí el caldo tlalpeño porque la señora de la mesa de junto lo estaba terminando con una expresión seria, de aprobación tranquila, no de entusiasmo. Me lo sirvieron con un chipotle entero flotando en el centro. Le di el primer sorbo antes de verlo. Tomé agua cinco minutos seguidos sin mirar a nadie.
Seguí caminando. Pasé frente a un mercado que desde la puerta olía a hierba santa y detergente en proporciones iguales. Entré por curiosidad y salí por la misma puerta porque el pasillo doblaba sobre sí mismo y yo no lo noté a tiempo.
A las dos las suelas ya tenían su propia opinión. Me senté en una banca en un parque chico que no estaba en el mapa y escribí: el letrero, el chipotle, y una nota que decía "verificar si realmente fue Obrera o si caminé Doctores la mitad del tiempo". Creo que fue Doctores.
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