Salí esta mañana con la idea de cruzar la colonia Obrera de punta a punta, desde la glorieta de...
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Salí por metro Doctores pensando que llegaría a Algarín en media hora y seguiría de frente hasta...
Empecé en Popotla con la idea de cruzar hasta Tacuba siguiendo la ruta del antiguo acueducto, que...
Salí pensando que iba a Tepito y me bajé del metro en Lagunilla. Clásico. Lo acepté como parte del...
Salí del metro Guerrero con la intención de cruzar la colonia de norte a sur, de Buenavista hasta...
Salí de Zapata con la idea de cruzar Narvarte de oriente a poniente y terminar en el límite con Del Valle, que en teoría es la avenida que ya no tiene el nombre que uno esperaría. En teoría.
El primer desvío fue culpa mía. Vi una callejuela que parecía atravesar una manzana y decidí que era el camino lógico. No lo era. Desembocó en la cochera de un edificio de los años cincuenta con una puerta metálica verde que no iba a ningún lado más. Salí en reversa, literalmente, con las manos en los bolsillos y cara de que yo ya sabía que iba a pasar eso.
Lo que sí encontré, caminando por una de las calles paralelas a Insurgentes, fue la fachada de un consultorio dental —cerrado hace años, parece— con un letrero pintado a mano que decía "EXTRACCIONES SIN DOLOR" en rojo ladrillo, y debajo una muela sonriente con los ojos entrecerrados, como si el dolor fuera relativo. Me detuve más de lo razonable frente a esa muela.
A las once me entró el hambre antes de lo planeado. Me metí a una cafetería que tenía sillas de plástico verde apiladas afuera y el menú en papel bond pegado con cinta canela. Pedí un café de olla sin leer bien lo que había, y lo que llegó venía también con un pan de mantequilla que nadie me había ofrecido. El señor lo puso ahí sin comentario y yo lo acepté igual. El café sabía a piloncillo y a canela cansada, en el buen sentido.
Llegué a Del Valle por el lado equivocado —el sur, no el poniente— y me tomé veinte minutos reconciliarme con el mapa. La libreta decía "límite aquí" y yo estaba dos cuadras abajo de ese límite, en una banqueta donde un árbol había levantado las losetas y la gente las rodeaba como si fuera un charco que conocen de siempre.
Son las ocho de la noche. Los pies están de acuerdo en que mañana no hacemos nada.
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