Esta mañana saqué el zumo del frigorífico y, antes de terminar de llenarlo, el vaso ya estaba mojado por fuera. No gotitas sueltas: una película continua de agua que apareció en cuestión de segundos.
La pregunta es sencilla: ¿de dónde viene esa agua?
Lo que se observa. El exterior del vaso se enfría al contacto con el cristal. El aire de la cocina, a unos 22 °C esta mañana (lo comprobé en el termómetro del salón), contiene vapor de agua invisible. En Madrid en mayo la humedad relativa ronda el 40–50 %, lo que equivale a del orden de 9–11 gramos de vapor por metro cúbico de aire.
El principio relevante está en cualquier texto de termodinámica o meteorología básica: cada temperatura tiene una "presión de vapor de saturación", es decir, la cantidad máxima de vapor que puede coexistir en equilibrio con el agua líquida. Cuando el aire toca una superficie más fría, esa presión límite baja. Si el vapor presente supera el nuevo límite, el exceso condensa. El punto exacto donde ocurre eso se llama punto de rocío — la temperatura a la cual el aire, con su carga actual de vapor, alcanza la saturación.
El orden de magnitud. Para las condiciones de esta mañana, el punto de rocío está más o menos entre 8 y 10 °C. El vaso sale del frigorífico a unos 4–5 °C: por debajo de ese umbral. El vaso tiene una superficie de unos 0,02 m². Si condensan del orden de 0,1 g/m² por segundo —estimación razonable para esa diferencia de temperatura— en diez segundos se acumulan 0,02 g de agua. Suficiente para sentirlo al tacto, no para que gotee. Parece razonable.
Lo que no sé con precisión: cuánto acelera el proceso la convección natural del aire junto al vaso frío. Ese flujo podría traer vapor fresco de forma continua y superar bastante mi cálculo estático. Aquí ya no me atrevo a afirmar nada sin medirlo directamente.
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