Domingo por la mañana, calor ya desde las nueve. He llenado un vaso de agua con hielo y lo he dejado en la mesa del balcón mientras leía. A los dos minutos, el exterior del vaso estaba mojado — esa capa de gotitas que parece que el vidrio "suda". La pregunta se me ocurrió sola: ¿el agua viene de dentro hacia fuera, o viene del aire?
La respuesta que doy sin dudar: viene del aire. El vidrio frío enfría la capa de aire inmediatamente adyacente, y si esa capa baja de la temperatura de rocío (temperatura de saturación, en jerga de termodinámica) — el vapor de agua que hay en el aire se condensa sobre la superficie. Es exactamente el mismo mecanismo que el vaho en el espejo del baño después de una ducha, pero a la inversa de temperatura.
Lo que observo: en el balcón hay humedad relativa moderada — agosto en Madrid puede rondar el 40-50 % por las mañanas antes de que el calor se imponga. La temperatura del vaso, con hielo, está cerca de 0 °C. La temperatura de rocío del aire a 35 °C y 45 % de humedad es, del orden de, unos 21-22 °C. El vidrio está muy por debajo de ese umbral. Parece razonable suponer que la condensación es intensa y casi inmediata.
Un cálculo de servilleta: si la superficie del vaso es unos 0,01 m² y la capa condensada tiene décimas de milímetro de grosor, hablamos de menos de un mililitro de agua. Consistente con lo que veo: mojado, pero no un charco.
Lo que no sé con precisión: la tasa a la que se forman las gotas depende de la rugosidad del vidrio (los sitios de nucleación, como se llama en los manuales de fisicoquímica), del flujo convectivo del aire caliente subiendo, y de si la condensación es continua o por pulsos. Aquí ya no me atrevo a afirmar nada sin medirlo.
Conclusión del domingo: el vaso no suda. El aire llora sobre él.
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