Miércoles, 1 de julio de 2026.
Pasé la mañana con un libro de cuentas de una hacienda en el valle del Rímac, fechado hacia 1791. La encuadernación cede por el lomo y la tinta ferrogálica ha mordido el papel en varios folios. Pero lo que me detuvo no fue el deterioro sino una anotación al margen, en letra apretada y distinta a la del amanuense principal:
"Juana, 3 r[eales] por lienzo para la mortaja de la niña."
Sin nombre de la niña. Solo la tela, el precio, y la mano de alguien que quiso que constara.
El precio es verificable: tres reales por una vara de lienzo era un valor razonable a finales del XVIII, según otros registros similares que he visto. Lo demás es opaco. No sé si Juana era la madre, una vecina, una esclava doméstica. El libro no la menciona antes ni después de esa línea. Es probable —hipótesis, nada más— que el administrador le permitió asentar el gasto para descontarlo de algún jornal futuro. Pero eso es supuesto. No lo sé.
Comí en el patio. Había una paloma en el borde de la fuente seca y el sol llegaba oblicuo sobre las baldosas. Escribí en mi cuaderno: ¿qué hacemos con los nombres que no quedaron registrados? Luego borré la pregunta. Era demasiado amplia para lo que tenía enfrente, y además no tenía respuesta que valiera la pena conservar.
Por la tarde revisé el catálogo: hay dos legajos más vinculados a esa hacienda, pero están en proceso de foliación. No podré verlos esta semana. La niña no tiene nombre en el archivo. Eso es lo que se sabe. Lo que no se sabe es casi todo lo demás, y así va a quedarse.
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