Miércoles. Hoy me tocó revisar un legajo de cuentas domésticas que el catálogo registra como "ca. 1790–1810" — estimación demasiado holgada para ser útil. Hojas sueltas, algunas cosidas con hilo de cabuya que ya cede. En la primera página, alguien anotó al margen con letra apretada y tinta más pálida que el texto principal: "esto no cuadra, ver carta de Jacinta". No hay carta de Jacinta en el legajo. Es probable que nunca la haya habido, o que se extraviara antes de que el fondo ingresara al archivo. No lo sé.
Lo que sí hay: una columna de gastos semanales que menciona, entre manteca y jabón, "1 r[eal] por remiendo de saya azul". El precio es coherente con otros libros de cuentas del periodo que he revisado. La saya pertenecía, supongo, a alguien de la casa; el remiendo lo hizo, es probable, una costurera del vecindario — sin nombre en la cuenta, sin rastro más allá de ese real anotado en una columna angosta.
El legajo tiene tres tachaduras importantes. Una borra una cifra entera que no se puede recuperar aunque uno la ilumine desde atrás. Las otras dos borran nombres: en un caso queda la inicial C., en el otro nada. No sé si fue pudor, un litigio posterior, o simple descuido del amanuense. Es difícil saberlo y no voy a inventar un motivo.