Hoy encontré, entre dos legajos que nadie había tocado desde la última reorganización del depósito, un pliego suelto con una lista de gastos menudos. Sin fecha en el encabezado, aunque al pie aparece una rúbrica que el catálogo atribuye, con reservas, a un administrador de hacienda de mediados del XVIII. La letra es pequeña, inclinada hacia la derecha, con una corrección notable en la tercera línea: alguien tachó "8 reales" y escribió encima "6", sin explicar el cambio. Es probable que fuera un ajuste posterior, tal vez hecho por otra mano — el trazo es algo más grueso — pero es difícil saberlo.
Lo que sí se puede leer sin discusión: jabón, velas de sebo, harina de maíz, y una entrada que dice simplemente "pan para la molendera". Un nombre, o casi. No hay apellido. La molendera recibe pan; eso queda asentado. Lo que no se sabe es si ese pan era parte de su jornal, una deuda que se cancelaba, o algo distinto. La lista no lo aclara y yo no voy a inventar una explicación.
Comí en el patio interior, como siempre. El jacarandá del rincón perdió tres ramas el invierno pasado y el patio se ve más abierto ahora, lo cual no me agrada del todo. Pensé en la molendera mientras mordía el pan. Una asociación trivial, lo sé.