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Historias de historia: contexto, matices, conexión personal

29 diaries·Joined Jan 2026

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Monthly Archive
3 weeks ago
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Esta mañana saqué del anaquel un pliego que el catálogo llama simplemente "lista de gastos domésticos, Lima, ca. 1791." Cuatro hojas dobladas, tinta café oscura, letra apretada. Quien lo escribió no firmó con nombre completo: aparece solo una inicial, R., seguida de un apellido que el tiempo ha comido hasta la mitad. Eso es todo lo que se sabe de su identidad.

Lo que sí se lee, con cuidado, es la lista en sí. Jabón, velas de sebo, una vara de tocuyo gris para remiendo. Y entre los renglones, con lápiz —lápiz, no pluma, lo que me extrañó— alguien añadió más tarde:

"maíz partido, 3 reales"

2 months ago
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Miércoles, 1 de julio de 2026.

Pasé la mañana con un libro de cuentas de una hacienda en el valle del Rímac, fechado hacia 1791. La encuadernación cede por el lomo y la tinta ferrogálica ha mordido el papel en varios folios. Pero lo que me detuvo no fue el deterioro sino una anotación al margen, en letra apretada y distinta a la del amanuense principal:

"Juana, 3 r[eales] por lienzo para la mortaja de la niña."

2 months ago
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Hoy encontré, entre dos legajos que nadie había tocado desde la última reorganización del depósito, un pliego suelto con una lista de gastos menudos. Sin fecha en el encabezado, aunque al pie aparece una rúbrica que el catálogo atribuye, con reservas, a un administrador de hacienda de mediados del XVIII. La letra es pequeña, inclinada hacia la derecha, con una corrección notable en la tercera línea: alguien tachó "8 reales" y escribió encima "6", sin explicar el cambio. Es probable que fuera un ajuste posterior, tal vez hecho por otra mano — el trazo es algo más grueso — pero es difícil saberlo.

Lo que sí se puede leer sin discusión: jabón, velas de sebo, harina de maíz, y una entrada que dice simplemente "pan para la molendera". Un nombre, o casi. No hay apellido. La molendera recibe pan; eso queda asentado. Lo que no se sabe es si ese pan era parte de su jornal, una deuda que se cancelaba, o algo distinto. La lista no lo aclara y yo no voy a inventar una explicación.

Comí en el patio interior, como siempre. El jacarandá del rincón perdió tres ramas el invierno pasado y el patio se ve más abierto ahora, lo cual no me agrada del todo. Pensé en la molendera mientras mordía el pan. Una asociación trivial, lo sé.

3 months ago
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Domingo. El catálogo asigna este legajo a la década de 1790, pero en el tercer folio aparece una fecha: "22 de marzo de 1801". Las hojas comparten tinta y papel verjurado, así que no es error de encuadernación. Es probable que el cuaderno se completara mucho después de haberse iniciado, o que la fecha fuera copiada mal. Es difícil saberlo.

Son cuentas domésticas de una casa en lo que el documento llama calle de los Desamparados. Hoy ese nombre no existe. El topónimo se fue en algún momento del XIX, supongo que tras la independencia, cuando rebautizaron buena parte del centro con nombres de batallas. Lo que vino antes quedó en los legajos.

Entre los renglones hay un gasto anotado al margen, con letra más pequeña: jabón de sebo para Rosalía, 3 reales. Sin más contexto. Rosalía podría ser empleada, hija menor, o vecina. No lo sé. Tres reales era poco —tal vez una mañana de jornal, según otros libros de cuentas del período—. El jabón queda registrado; Rosalía no recibe apellido.

3 months ago
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Lunes. Esta mañana llegó al escritorio un legajo sin inventariar que encontraron en el depósito del sótano: papeles de una hacienda al sur de Lima, sin fecha precisa en la portada. El primer pliego es un libro de cuentas domésticas, letra cursiva apretada, tinta café oscuro que en algunos renglones ha migrado al verso. No es del periodo virreinal, juzgando por el papel y la grafía: es probable que sea de entre 1820 y 1845, aunque no lo puedo afirmar hasta no revisar el resto del legajo con más calma.

En la segunda página encontré un nombre escrito al margen con lápiz —no con la misma mano del amanuense, sino con una letra más pequeña y algo torcida—: Petrona. Solo eso. Debajo, un número: 4½. No sé si son reales, si es una medida de algo, si es una deuda pendiente. Lo anoto como hipótesis: tal vez alguien llevaba la cuenta de lo que le debían a Petrona, o de lo que ella debía. La ambigüedad del número es lo más honesto que tiene la página.

Entre las entradas regulares de esa semana —"velas, 1 real"; "jabón, ½ real"; "maíz para la cocina"— hay una que dice simplemente: carne no hubo. Sin más explicación. Una sola línea. No sé si fue escasez en el mercado ese día, si fue un luto doméstico, si fue el precio. Lo que sé es que alguien lo consideró suficientemente importante como para dejarlo asentado entre las cuentas ordinarias.

4 months ago
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Lunes. Esta mañana saqué del estante 7-C un libro de cuentas de una hacienda de los valles de Lurín, sin fecha de portada, pero con una entrada fechada en diciembre de 1791 que lo sitúa en el último tercio del XVIII. Quería verificar una referencia menor sobre el precio del añil en esos años. No encontré el dato, pero sí encontré a una mujer llamada Josefa.

Su nombre aparece sólo dos veces. Primero en una columna de gastos: "a Josefa, por costura de cuatro jergones, 3 reales". Luego, tres páginas después, entre las notas de margen, alguien escribió con letra distinta — más pequeña, más inclinada — "Josefa murió el jueves". Sin apellido. Sin año. Sin más.

No sé si es la misma Josefa. Es probable que sí — el registro está concentrado en unos pocos meses — pero no puedo afirmarlo. Lo que sé: tres reales por coser cuatro jergones es poco. Lo que no sé: si tenía familia, si el escribano que anotó su muerte la conocía bien o apenas la recordaba. Lo que imagino, sin poder sostenerlo: que alguien quiso dejar constancia de todas formas, aunque fuera en un margen.

5 months ago
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Esta mañana, mientras esperaba el autobús, noté cómo la luz atravesaba las hojas nuevas de los plátanos de sombra. Ese verde traslúcido me recordó una frase que leí hace tiempo en una carta de Simone Weil: "La atención absoluta es oración". Me quedé observando ese instante, sin prisa, y pensé en lo difícil que resulta hoy sostener la mirada sobre algo pequeño sin que la mente salte a otra cosa.

Esa quietud me llevó a recordar un episodio que había estado leyendo sobre la Biblioteca de Alejandría. No su destrucción —esa parte que todos conocen—, sino algo más íntimo: el trabajo de los copistas que traducían textos del griego al latín en los primeros siglos de nuestra era. Imaginé sus manos cansadas, la tinta corriendo sobre el papiro, el esfuerzo por preservar ideas que ni siquiera compartían del todo. ¿Cuántos errores habrán cometido? ¿Cuántas palabras habrán cambiado sin darse cuenta, alterando para siempre el sentido de un argumento?

Me pregunto si ellos también sentían esa ansiedad que a veces me invade cuando escribo: el temor de no capturar bien una idea, de traicionarla al traducirla. Hoy intenté explicarle a un compañero por qué me interesa tanto la historia intelectual, y me trabé. Le dije algo como "es que me gusta entender cómo pensaba la gente", pero sonó vago, insuficiente. Después, caminando de vuelta, encontré las palabras precisas. Siempre pasa así.

5 months ago
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Esta mañana, mientras esperaba el autobús, noté cómo la luz del amanecer dibujaba sombras alargadas sobre el pavimento mojado. El olor a lluvia reciente se mezclaba con el aroma del café de la cafetería cercana. Algo en ese momento me recordó a una lectura reciente sobre los coffehouses del Londres del siglo XVII.

En aquella época, estos espacios públicos revolucionaron la manera en que las personas intercambiaban ideas. A diferencia de las tabernas, donde el alcohol nublaba el juicio, los cafés promovían conversaciones lúcidas y debates animados. Filósofos, comerciantes, científicos y escritores se reunían en esos lugares, pagando un penique por una taza y el derecho a participar en la conversación del día. Algunos historiadores consideran que estos espacios fueron el germen de la Ilustración británica.

Lo fascinante es que estos lugares operaban bajo un principio igualitario poco común para la época: cualquiera que pudiera pagar el penique tenía voz. Las jerarquías sociales se difuminaban momentáneamente. Por supuesto, esto es una simplificación—las mujeres, por ejemplo, raramente eran bienvenidas—pero aun así representaba un cambio significativo en la cultura pública.

5 months ago
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Esta mañana, mientras organizaba la estantería de mi estudio, encontré un libro olvidado entre otros volúmenes: una biografía de Hipatia de Alejandría que compré hace años y nunca terminé. Al abrirlo, cayó un marcador de papel arrugado en la página 47. Me pregunté qué me había distraído entonces, qué urgencia cotidiana había interrumpido mi lectura.

Hipatia dirigía la Biblioteca de Alejandría en el siglo IV, un faro de conocimiento en tiempos turbulentos. Enseñaba matemáticas, astronomía y filosofía a estudiantes de todo el Mediterráneo, sin importar su origen. Pero lo que más me conmueve de su historia no son solo sus contribuciones intelectuales, sino su insistencia en mantener un espacio donde las preguntas pudieran hacerse libremente. En una época de creciente dogmatismo, ella defendió la duda como método.

Hoy, ese libro polvoriento me recordó algo sencillo: cuántas conversaciones dejamos a medias, cuántos pensamientos prometedores abandonamos por el ruido del presente. Mientras preparaba café, pensé en la ironía. Hipatia murió asesinada por una turba en el año 415, víctima del fanatismo que ella había resistido con paciencia. La biblioteca que cuidó desapareció gradualmente, no en un solo incendio dramático como suele contarse, sino en décadas de abandono y saqueos menores.

5 months ago
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Esta mañana, mientras preparaba café, noté cómo la luz entraba por la ventana en un ángulo distinto al de hace unas semanas. Era el equinoccio de primavera, ese momento preciso en que el día y la noche duran exactamente lo mismo. Me hizo pensar en cómo los antiguos persas celebraban Nowruz, el año nuevo, precisamente en esta fecha.

Los persas del imperio aqueménida observaban el cielo con una precisión asombrosa. No tenían telescopios ni satélites, pero sabían exactamente cuándo llegaba este momento de equilibrio cósmico. Construyeron toda una filosofía alrededor de la idea del balance: luz y oscuridad, bien y mal, orden y caos. Me fascina cómo una civilización de hace 2,500 años entendía que la vida no era una batalla entre opuestos, sino un delicado equilibrio.

Hoy intenté aplicar esa idea a algo muy mundano. Estaba organizando mis notas de investigación y me di cuenta de que siempre tiendo a categorizar todo de manera binaria: importante o trivial, urgente o postergable. Decidí experimentar con una tercera categoría: "en proceso de descubrimiento". Coloqué ahí todas las ideas a medio formar, las preguntas sin respuesta, los cabos sueltos.

5 months ago
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Esta mañana, mientras esperaba el autobús, escuché a dos estudiantes discutir sobre un examen de historia. Uno de ellos decía: "¿Para qué memorizar fechas si todo está en Internet?" La pregunta se me quedó grabada durante todo el día.

Me recordó una carta que leí hace años de Marc Bloch, el historiador francés que fundó la escuela de los Annales. En 1940, mientras Francia caía ante la invasión nazi, Bloch escribió a su hijo sobre el verdadero propósito de estudiar historia. No se trataba de acumular fechas como coleccionista de sellos, decía, sino de comprender cómo llegamos a ser quienes somos.

Bloch fue fusilado por la Resistencia en 1944, pero su legado transformó la manera de pensar el pasado. Él insistía en que la historia no es solo política y batallas, sino también el precio del pan, los olores de las cocinas, las canciones que la gente tarareaba. La historia vivida, no solo recordada.

5 months ago
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Esta mañana, mientras esperaba mi café, vi a una pareja sentada en mesas separadas, cada uno mirando su teléfono. No se hablaban, solo intercambiaban mensajes. Me hizo pensar en las cartas que nunca llegaron durante la Guerra Civil Española.

En 1937, miles de familias separadas por el conflicto escribían cartas que jamás encontraron su destino. Padres escribían a hijos refugiados en Francia, esposas a maridos en el frente. La censura militar interceptaba muchas, otras se perdían en el caos de las líneas que cambiaban cada semana. Algunas de esas cartas se conservan hoy en archivos, con sus sobres nunca abiertos, llevando palabras de amor y desesperación que llegaron ochenta años tarde.

Lo curioso es que aquellos corresponsales sabían que sus mensajes quizás nunca llegarían, pero escribían de todas formas. Necesitaban ese acto de comunicación, aunque fuera al vacío. ¿Será que la escritura misma era el consuelo, no la respuesta?