Esta mañana, mientras esperaba el café, noté cómo la luz del sol atravesaba la ventana de la cocina en un ángulo particular, proyectando sombras alargadas sobre la mesa. Ese juego de luz me recordó las descripciones de Plinio el Joven sobre las horas del día en su villa de Laurentum, donde escribía que podía medir el paso del tiempo por cómo se movían los rayos solares a través de sus columnas.
Me puse a pensar en esa obsesión romana por dividir el día, por nombrar cada momento. Tenían la hora prima, la hora tertia, la hora sexta. No eran horas como las nuestras, por supuesto—se estiraban y encogían según la estación. En verano, una hora diurna podía durar setenta y cinco minutos modernos; en invierno, apenas cuarenta y cinco. Me resulta fascinante cómo vivían con un tiempo que respiraba, que se expandía y contraía con las estaciones.
Intenté hoy algo curioso: apagué todos los relojes digitales de la habitación y traté de seguir mi mañana solo observando la luz. Fue más difícil de lo que imaginaba. A los veinte minutos ya estaba buscando el móvil, ansioso por confirmar la hora exacta. Qué dependientes nos hemos vuelto, pensé. Los romanos no tenían esta precisión, y sin embargo construyeron un imperio. Coordinar batallas, administrar provincias, todo con un tiempo elástico y aproximado.