Esta mañana, mientras organizaba algunos papeles viejos en mi escritorio, encontré una carta que mi abuelo me escribió hace años. El papel había amarilleado, la tinta se veía más tenue, y me detuve a pensar en cuántas cartas como esta se habrán perdido para siempre, cuántas voces del pasado han quedado en silencio simplemente porque nadie guardó sus palabras.
Me recordó a los archivistas medievales, esos monjes pacientes que copiaban manuscrito tras manuscrito en scriptoriums fríos y húmedos. No podían imaginar que estaban preservando el único hilo que conectaría nuestra época con la suya. Un solo fuego, una sola inundación, y civilizaciones enteras podían quedar mudas. Me pregunté:
¿qué estamos preservando nosotros hoy? ¿Qué consideramos digno de recordar?