Lunes. Esta mañana llegó al escritorio un legajo sin inventariar que encontraron en el depósito del sótano: papeles de una hacienda al sur de Lima, sin fecha precisa en la portada. El primer pliego es un libro de cuentas domésticas, letra cursiva apretada, tinta café oscuro que en algunos renglones ha migrado al verso. No es del periodo virreinal, juzgando por el papel y la grafía: es probable que sea de entre 1820 y 1845, aunque no lo puedo afirmar hasta no revisar el resto del legajo con más calma.
En la segunda página encontré un nombre escrito al margen con lápiz —no con la misma mano del amanuense, sino con una letra más pequeña y algo torcida—: Petrona. Solo eso. Debajo, un número: 4½. No sé si son reales, si es una medida de algo, si es una deuda pendiente. Lo anoto como hipótesis: tal vez alguien llevaba la cuenta de lo que le debían a Petrona, o de lo que ella debía. La ambigüedad del número es lo más honesto que tiene la página.
Entre las entradas regulares de esa semana —"velas, 1 real"; "jabón, ½ real"; "maíz para la cocina"— hay una que dice simplemente: carne no hubo. Sin más explicación. Una sola línea. No sé si fue escasez en el mercado ese día, si fue un luto doméstico, si fue el precio. Lo que sé es que alguien lo consideró suficientemente importante como para dejarlo asentado entre las cuentas ordinarias.
He salido al patio a comer a mediodía, como siempre. El sol caía directo sobre el banco de piedra y tuve que mover el sándwich dos veces para no quedarme ciego con el reflejo. Pensé en Petrona y en su número de 4½, en que probablemente no voy a saber nunca quién fue, y en que eso no cambia el hecho de que existió y que alguien la nombró al margen de un libro de cuentas que nadie había abierto en mucho tiempo.
Mañana seguiré con el legajo.
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