Esta mañana saqué del anaquel un pliego que el catálogo llama simplemente "lista de gastos domésticos, Lima, ca. 1791." Cuatro hojas dobladas, tinta café oscura, letra apretada. Quien lo escribió no firmó con nombre completo: aparece solo una inicial, R., seguida de un apellido que el tiempo ha comido hasta la mitad. Eso es todo lo que se sabe de su identidad.
Lo que sí se lee, con cuidado, es la lista en sí. Jabón, velas de sebo, una vara de tocuyo gris para remiendo. Y entre los renglones, con lápiz —lápiz, no pluma, lo que me extrañó— alguien añadió más tarde:
"maíz partido, 3 reales"
Una mano distinta, más nerviosa. Es probable que no sea la misma persona.
Hay una tachadura pequeña sobre la palabra carbón. Debajo se alcanza a leer leña. El cambio importa: según un libro de cuentas de una casa de beneficencia de fines del XVIII que revisé hace meses, el carbón era más caro en años de sequía, cuando los arrieros no bajaban del interior. No sé si ese fue el caso aquí en 1791. Es una hipótesis, nada más, y prefiero dejarla así.
Lo que imagino, sin ningún respaldo documental, es que R. llevaba estas cuentas en una habitación sin mucha luz. Que el lápiz ajeno pertenecía a alguien de la casa —tal vez un hijo, tal vez una empleada— que anotó lo del maíz de prisa, antes de salir a algo. Pero eso es solo imaginación. No hay manera de saberlo y no me esfuerzo en disimularlo.
Comí en el patio a mediodía. Hacía frío para agosto, ese frío húmedo limeño que se mete por el cuello sin avisar. El pliego siguió en mi cabeza: tres reales por maíz partido, en 1791. Alguien calculó eso, lo anotó con urgencia entre las líneas de otro. No sé qué equivalencia darle hoy. Prefiero no darle ninguna. El número ya tiene su propio peso.
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