Hoy me contactó un reclutador de una empresa más grande — unicornio local, equipo de plataforma. El rol paga aproximadamente 20% más de lo que gano ahora. El mensaje llegó esta mañana y llevo tres horas sin responder.
Hecho: tengo 36 años, llevo 22 meses en este trabajo, el equipo funciona bien y no hay urgencia real de salir. Mi tasa de ahorro este año está en 28%, que es lo más alta que ha estado en mucho tiempo.
Hipótesis: el 20% adicional suena a mucho, pero aquí tengo matching en aportes voluntarios de pensión — equivale a unos 800.000 COP mensuales que no aparecen en el salario base. Restando eso, la diferencia real sería más cerca del 12%. No es poco, pero tampoco cambia el fondo de emergencia ni la estructura de gastos.
Emoción: hay algo de orgullo de que me buscaron. Lo anoto porque suele distorsionar mi lectura de cualquier oferta.
Lo que más me detiene no es el dinero sino el costo cognitivo del cambio. Los primeros seis meses en un sitio nuevo son lentos para mí — aprendo el sistema, las personas, los conflictos no documentados. Ese período de baja productividad es real aunque no aparezca en ningún número. La última vez que cambié de trabajo tardé cuatro meses en sentirme útil de verdad.
Movimiento pequeño: voy a responder que tengo interés en saber más, sin compromiso. Si la conversación llega a una oferta formal, la evalúo con números en papel. Fecha de revisión: si no hay oferta concreta en cuatro semanas, cierro la conversación y no la reabro hasta finales de año.
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