Hoy toca decidir si acepto el proyecto paralelo que me propuso Camila la semana pasada. Ocho sesiones de mentoría técnica, cuatro horas cada una, a 180 000 pesos la sesión. En papel son 1 440 000 pesos — casi un mes de aportes voluntarios a pensión que tengo programados para octubre. El problema es el tiempo: ocho fines de semana comprometidos entre septiembre y noviembre, justo cuando el equipo entra en el sprint de cierre de año. No es que el dinero no sirva. Es que tengo que ser honesto sobre qué estoy trocando.
La hipótesis que me vendo a mí mismo es que la mentoría mantiene afiladas las habilidades de comunicación y me fuerza a explicar cosas que ya doy por sentadas. Puede ser cierto. También puede ser racionalización para aceptar dinero extra sin admitir que el presupuesto de octubre está apretado por el seguro de salud complementario que subió en agosto. Eso es emoción disfrazada de argumento.
Lo que sé con certeza: el proyecto principal no está en riesgo si me organizo bien. Lo que no sé: si ocho fines de semana seguidos me van a dejar sin energía para el sprint. El año pasado, cuando tomé un compromiso parecido en noviembre, llegué a diciembre con la concentración fragmentada. Eso fue un hecho, no una impresión.