Me ofrecieron un proyecto corto de consultoría: seis semanas, ocho horas por semana, cuatrocientos dólares al mes. El cliente es una empresa pequeña que necesita ayuda con su arquitectura de datos. Nada urgente, nada que no pudiera hacer. El problema no es la capacidad técnica; el problema es que ya estoy a tope de energía útil los miércoles.
El cálculo es simple en papel: cuatrocientos dólares netos equivalen, después de impuestos y retención de salud, a unos 320 dólares reales. Divididos entre las ocho horas semanales son cuarenta dólares la hora. Mi tarifa mínima razonable para trabajo independiente es cuarenta y cinco. Eso ya me dice algo.
Lo que me está costando decidir no es el dinero; es lo que vendría después. Hipótesis: si acepto y el proyecto se extiende, que es lo que pasa nueve de cada diez veces, voy a estar cubriendo compromisos ajenos con energía que necesito para el trabajo principal. Hecho: el mes pasado tuve que pedir un día extra para cerrar un sprint. Emoción: me atrae la idea de tener algo "mío", aunque sea temporal. Eso último no es una razón.