El ajo chisporrotea antes de que la sartén esté bien caliente, ese error de siempre. Lo escucho desde el fregadero, bajo el fuego a tiempo y separo con la cuchara las dos láminas que han cogido demasiado color antes de añadir el tomate rallado.
Esta mañana en el mercado, Dolores de la parada cuatro tenía las últimas berenjenas del Perelló: más pequeñas que las de la semana pasada, con la piel tensa y brillante bajo la luz del techo. Me dijo que con este calor de agosto maduran en tres días y que el jueves ya no tendría. Me llevé cuatro. Las corté en dados sin pelarlas porque la piel de agosto todavía aguanta, no ha llegado a esa dureza correosa de septiembre ni amarga.
El sofrito se quedó corto. Tenía prisa, no sé de qué, siendo martes sin ningún compromiso. El tomate apenas se asentó antes de que yo, impaciente, volcara la berenjena encima. El conjunto quedó ácido, vivo, sin esa dulzura de fondo que necesita. Añadí una pizca de azúcar y un poco de agua, moví el fuego al mínimo y tapé. Mi abuela lo resolvía de otra manera: una rama de canela enterrada en el puchero desde el principio, y eso le daba una profundidad que no era dulce sino grave, como tierra mojada. Yo todavía no encuentro ese equilibrio con su método.
La berenjena tardó casi veinte minutos. Ese primer bocado: resistencia justa antes de ceder, la pulpa sedosa y terrosa, el aceite dentro y no flotando encima. El regusto se quedó largo, vegetal, al fondo del paladar. Más de lo que esperaba de un guiso de martes hecho con prisa y sin ningún plan.
Comí de pie junto a la ventana, con pan del día anterior más crujiente de lo que me apetecía. No encendí música. La sobremesa fue el ruido de la calle y el olor a berenjena que tardó en irse de la cocina.
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