El aceite chisporrotea antes de que el ajo toque la sartén, ese sonido que lo avisa todo: ya está. Hoy he hecho una fideuà de verduras con lo que quedaba del mercado del martes —calabacín de Marisa, la paradista del fondo, que ya sabe que me llevo el que tiene la piel todavía áspera, no el que brilla demasiado.
El sofrito fue lento, casi descuidado. Cebolla tierna y tomate triturado a mano, con el jugo incluido. Lo dejé asentar unos veinte minutos sin moverlo demasiado, hasta que el aceite empezó a asomar por los bordes con ese rojo oscuro que indica que ya no sabe a crudo. Añadí una cucharadita de pimentón de la Vera —el ahumado, no el dulce— y lo retiré del fuego un segundo para que no se amargara. Ese momento me lo enseñó mi abuela sin palabras: la vi hacerlo tantas veces que lo aprendí por imitación, no por receta.
El error fue la sal. Se me fue la mano al principio, antes de añadir el caldo, y luego el fideo lo absorbió todo y quedó subido. Lo corregí con un chorro de limón al final, casi sin querer, y el ácido recogió la sal de una manera que no esperaba. El plato cambió: más vivo, menos pesado.
La textura del fideo bien hecho tiene algo que el arroz no da. Queda con una ligera resistencia en el centro, terroso casi, y luego cede. El calabacín se había deshecho en parte —lo corté demasiado fino— y eso le dio al conjunto una sedosidad que no había planeado pero que agradecí.
Me lo comí de pie junto a la ventana, mirando la calle. Sin mesa puesta, sin sobremesa. A veces cocinar para una sola persona tiene eso: la liturgia se acorta y queda solo el sabor.
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