El olor del pimentón dulce al caer sobre el aceite caliente lo dice todo. Un segundo, dos, y hay que mover la sartén o se amarga. Hoy no lo he movido a tiempo.
Era un sofrito de cebolla y pimiento verde de temporada, los últimos que quedaban en el puesto de Amparo —me dijo que los trajo del pueblo de su cuñada, en la ribera del Turia. Los había comprado el lunes pensando en algo sencillo, pero hoy, miércoles, ya estaban un poco mustios. Los usé igual. La humedad de julio los hace así de rápido.
Cuando noté el pimentón oscureciendo, aparté la sartén y añadí un chorro de agua casi sin pensar. El sofrito quedó corto, con menos profundidad de lo que quería. Para compensar, eché una cucharada de tomate natural que tenía abierto desde ayer, y esperé. El resultado no fue el sofrito que imaginé, sino otro: más ácido, más ligero, con un regusto que se asentaba despacio en la parte posterior de la lengua.
Sobre eso puse unas judías verdes cocidas —las hiervo sin sal y luego las salteo, así controlo mejor el punto— y dos huevos. Los huevos chisporrotearon en el borde de la sartén, las claras burbujeando hasta quedarse con ese filo crujiente que tanto me gusta. La yema, rota al final, se mezcló con el sofrito ácido y lo suavizó todo.
El primer bocado: terroso, con el crujiente del huevo y la judía que cede sin deshacerse. La textura de fondo, sedosa donde el tomate y la yema se habían fundido. El regusto, esa leve acidez que persiste y que, sin quererlo, me recordó a las judías de mi abuela, que siempre añadía un poco de vinagre al final. Ella lo llamaba refrescar el guiso. Yo no lo hago así, pero esta vez llegué al mismo sitio por otro camino.
He comido sola, con el ventilador puesto y el plato directamente en la sartén pequeña. La sobremesa ha durado lo que tardé en terminar el agua.
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