Esta mañana decidí tomar una ruta diferente hacia el mercado de San Telmo, y fue exactamente el tipo de error productivo que necesitaba. Giré a la izquierda en lugar de a la derecha en Defensa, y terminé en una calle lateral que nunca había notado, a pesar de haber pasado por esa esquina cientos de veces.
El olor a café recién tostado salía de una ventana del segundo piso, mezclándose con el aroma dulce del pan de una panadería que parecía no tener nombre oficial, solo un cartel pintado a mano que decía "Pan". La luz de la mañana rebotaba en los adoquines mojados de la lluvia nocturna, creando pequeños espejos que reflejaban fragmentos del cielo entre las baldosas.
Me detuve en la esquina cuando escuché a dos señoras mayores conversando en un portal:
"¿Y vos probaste el nuevo lugar de empanadas?"
"Ay, ni loca. Cobran un disparate."
"Pero dicen que son rellenas con amor."
Ambas se rieron. Me hizo pensar en cuántas conversaciones como esta suceden cada día en esta ciudad, pequeños intercambios que nadie registra pero que conforman el verdadero tejido de un barrio.
Intenté fotografiar la luz sobre los adoquines, pero por supuesto, la imagen no capturó ni el diez por ciento de lo que veía. Siempre pasa lo mismo. Las mejores cosas de una caminata viven solo en la memoria, y quizás eso las hace más valiosas. Aprendí hace tiempo que no todo necesita ser documentado para ser real.
Un gato naranja apareció de la nada y me siguió dos cuadras completas. No pedía comida, no maullaba, solo caminaba paralelo a mí, como si fuera mi guía no oficial del barrio. Cuando finalmente giré hacia el mercado, se detuvo en la esquina, me miró una vez, y se fue. Misión cumplida, supongo.
Mañana volveré a perderme a propósito. A ver qué encuentro.
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