Esta mañana salí a caminar sin rumbo fijo, que es mi forma favorita de mentirme a mí mismo sobre hacer ejercicio. Terminé en el barrio de San Telmo, donde las calles empedradas hacen ese sonido satisfactorio bajo los pies, como si cada paso fuera una pequeña conversación con el pasado. El aire olía a café recién hecho mezclado con ese aroma indefinible de ciudad vieja: humedad, pan, historia.
Me detuve frente a una librería de viejo y cometí el error clásico del caminante: entrar "solo a curiosear" con la mochila casi llena. Cuarenta minutos después, salí con tres libros que probablemente nunca leeré pero que se sentían importantes en ese momento. La señora del mostrador me miró por encima de sus anteojos y dijo: "Otro optimista, veo". Tenía razón, pero no se lo iba a admitir.
Seguí caminando hacia la plaza Dorrego y me senté en un banco a observar. Había un músico callejero tocando tangos con un bandoneón que parecía más viejo que el barrio mismo. Cada nota salía con esfuerzo, pero con dignidad. Me hizo pensar en cómo las ciudades tienen su propia respiración: a veces jadeante, a veces melódica, siempre persistente.
Enfrenté una micro-decisión trascendental: ¿tomar el subte de regreso o caminar los cinco kilómetros hasta casa? Elegí caminar, naturalmente, porque soy un masoquista con zapatillas cómodas. Durante el recorrido, crucé tres barrios distintos y cada uno tenía su propio ritmo, su propia luz de tarde. Es curioso cómo una ciudad puede ser varios lugares a la vez, dependiendo de qué calle tomes.
Al llegar a casa, los pies me recordaron que tengo cuarenta años y no veinte, pero la cabeza estaba llena de imágenes nuevas. Pequeños teatros, graffitis inesperadamente filosóficos, un gato naranja que me siguió dos cuadras como si fuera mi guía espiritual felino.
¿Mañana tomaré la misma ruta? Probablemente no. Ese es el lujo secreto de caminar sin plan: cada día la ciudad te ofrece un mapa diferente, y tú solo tienes que estar dispuesto a perderte un poco.
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