Esta mañana salí sin plan, que es precisamente el mejor plan para un domingo. La ciudad tiene una cara distinta cuando no corres hacia ningún destino específico: los edificios parecen más altos, las aceras más anchas, y hasta los semáforos se toman su tiempo con menos urgencia.
En la Plaza de San Miguel, un vendedor de flores me convenció de comprar un ramo de margaritas. "Para tu novia", insistió. "Para mi mesa", le corregí, pero él solo guiñó un ojo como si compartiera un secreto conmigo. Me gusta pensar que vende más flores con esa complicidad inventada que con cualquier descuento.
Caminé por calles que creía conocer y descubrí una librería de segunda mano escondida entre una panadería y una tintorería. ¿Cómo es posible que haya pasado por aquí cien veces sin verla? El olor a papel viejo y café recién hecho se mezclaba en la puerta. Entré y perdí cuarenta minutos entre estantes desordenados, lo cual es exactamente el tipo de pérdida que vale la pena.
Un error tonto: intenté tomar una foto de la fachada Art Nouveau de un edificio antiguo y no me di cuenta de que tenía el dedo sobre la lente. Tres fotos borrosas después, una señora mayor me dijo entre risas: "Mijo, esa cámara no está rota, tú sí". Tenía razón. A veces necesitas que un extraño te recuerde que eres el problema, no el mundo.
Me senté en un banco del parque a observar cómo la gente camina a sus domingos. Hay algo reconfortante en ser un espectador de vidas que continúan sin necesidad de que las entiendas. Un niño perseguía palomas que siempre se alejaban justo a tiempo, repitiendo el mismo juego antiguo que probablemente él inventó hoy.
¿Cuántas ciudades viven dentro de una sola ciudad? ¿Cuántas versiones de ti mismo caminan por las mismas calles viendo cosas completamente diferentes?
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