El lunes era festivo y aproveché para salir temprano. La idea era cruzar la colonia Obrera de norte...
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El lunes era festivo y aproveché para salir temprano. La idea era cruzar la colonia Obrera de norte...
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Hoy salí tarde, cerca de las once, con la excusa de que era jueves y los jueves nadie espera grandes expediciones. Me puse los tenis menos rotos y tomé el microbús hacia Portales sin un plan demasiado firme. "Solo voy a recorrer el mercado y sus alrededores", me dije. Eso suele ser el inicio de tres horas caminando.
Me bajé dos paradas antes de donde debía porque el microbús dobló a la derecha antes de lo que yo esperaba y decidí que protestar no tenía caso. Crucé la avenida con el teléfono en la mano, girándolo dos veces para que el mapa y yo llegáramos a un acuerdo sobre dónde quedaba el norte.
El primer letrero que anoté en la libreta estaba sobre la persiana de una mercería: CINTAS, LISTONES, AVÍOS Y LO QUE SE LE OFREZCA. Me detuve más tiempo del que era razonable frente a él. "Lo que se le ofrezca" me parece la promesa comercial más generosa y más imposible del universo, aunque lo que realmente ofrecen es hilo número cuarenta en veinte colores.
Dentro del mercado encontré un puesto de café de olla. La señora sirvió sin preguntar el tamaño, que resultó ser el correcto: vaso de unicel, canela flotando, piloncillo disuelto en el fondo. Me quemé la lengua en el segundo sorbo, me arrepentí en el tercero, y al cuarto ya no me importó nada.
Caminé hasta donde Portales se convierte en Nativitas sin que nadie te avise. El aviso existe, pero es silencioso: en algún momento hay más talleres mecánicos que tiendas de abarrotes, y la banqueta se vuelve un poco más irregular, y los árboles son distintos aunque no sabría decir en qué. Me tardé en detectarlo.
Regresé por una calle paralela, como siempre hago, con la esperanza de ver algo diferente. Vi las mismas fachadas pero en espejo, lo cual también tiene su gracia.
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