Salí del metro Guerrero con la intención de cruzar la colonia de norte a sur, de Buenavista hasta Magnolia, o donde me dejaran los pies. Me bajé una estación antes por confundir los nombres, así que comencé con un kilómetro extra que nadie me pidió ni agradeció.
En una calle lateral hay una ferretería con el letrero pintado directo sobre el aplanado: letras azules de distinto tamaño, algunas inclinadas, que dicen "SE VENDE ELECTRICIDAD Y PLOMERÍA". Me pareció honesto el aviso, como si la electricidad fuera mercancía que se pesa en una báscula. Me quedé ahí parado más tiempo del necesario.
El detour fue un callejón que el mapa marcaba como pasaje. No lo era. Di vuelta en U, salí por donde entré, y el teléfono seguía convencido de que yo estaba en la avenida principal. Uno de los dos estaba equivocado y creo que no era el teléfono.
Paré en una cafetería sin nombre visible — o con nombre borrado por el sol — y pedí un café de olla. Me trajeron un americano. No reclamé: olía igual de bien, con canela y algo más que no supe nombrar. Una señora con mandil azul le explicaba algo serio a un señor con su periódico. Él asentía sin leer ni escuchar. Llevan años en esa dinámica, me pareció.
Llegué a Doctores sin haberlo planeado, que es como suele funcionar. Las colonias no anuncian el cambio: las fachadas se vuelven más grises, aparece otro nombre en los camiones, y ya estás en otra parte. Tomé el metro de regreso. En el trayecto anoté "electricidad y plomería" en la libreta y debajo escribí: ¿y por qué no también agua?
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