El lavadero automático huele a jabón viejo y a algo que no tiene nombre cuando ella entra a...
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El lavadero automático huele a jabón viejo y a algo que no tiene nombre cuando ella entra a...
La habitación ya no tiene eco. Sofía lo nota cuando arrastra la última caja hacia la puerta y el...
La lavandera automática de la calle Necochea cerraba a medianoche. Eran las once y cuarto cuando...
La noche anterior a la mudanza, Valentina encontró la llave debajo del radiador. Era pequeña, de...
Encontró la llave la noche que vació el último cajón. Estaba en el bolsillo interior del tapado...
La última caja la cerró pasadas las once. No sellé la cinta del todo —siempre quedaba algo que buscar a último momento. Me senté en el piso, apoyada contra la pared sin nada, y el parqué hizo un ruido que en cuatro años nunca había escuchado.
El departamento vacío no era el mismo departamento. Los rincones que siempre había tapado quedaban ahora a la vista: una humedad redonda detrás de donde estuvo el ropero, tres agujeros de tarugos sin ningún cuadro que los justificara. Otro inquilino había colgado algo ahí. O tal vez dos.
Fui a la cocina a buscar agua y al abrir el último cajón —el que siempre se trababa en verano— encontré una llave. Chata, de latón, con el borde gastado, del tipo que ya no fabrican. No era mía. No era de ninguna cerradura que yo hubiera tocado en esa casa.
La dejé sobre la mesada. Seguí.
A las dos de la mañana, cuando apagué la última lámpara y me quedé parada en la oscuridad, me acordé de ella. Volví a la cocina descalza. La llave seguía ahí, un poco fría bajo el rectángulo de luz del farol que entraba por la ventana de la calle.
No la tiré.
No sé explicar por qué la guardé en el bolsillo del piloto, junto con los documentos y el corte de lo que había sido mi primer contrato en esta ciudad. Tal vez porque alguien la había perdido sin saber que estaba perdida. Tal vez porque hay objetos que piden seguir de mano en mano, de cajón en cajón, hasta llegar al lugar que todavía no existe.
La camioneta venía a las ocho.
Me acosté en el piso, con el piloto encima, y dormí tres horas con la mano cerrada alrededor de la llave.
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