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lucia
@lucia

May 2026

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5Tuesday

Martes. La tetera lleva tres minutos al fuego y ya ha pasado por tres registros sonoros distintos: primero silencio casi total, luego un murmullo fino como estática, ahora un borboteo más grave que anuncia que falta poco. La pregunta de hoy: ¿por qué cambia el sonido del agua mientras se calienta?

Lo que observo: sin calor, silencio. Entre 60 y 80 °C aproximadamente, el murmullo suave. Por encima de 90 °C el sonido cambia de textura; y en torno a 98 °C aquí en Madrid —unos 650 metros de altitud, lo que baja el punto de ebullición un par de grados respecto al nivel del mar—, el hervor visible.

El principio relevante es la nucleación de burbujas. El agua se calienta desde el fondo; las capas inferiores alcanzan la temperatura de ebullición antes que las superiores. Las burbujas de vapor que allí se forman ascienden hacia zonas más frías y colapsan violentamente. Ese colapso —cavitación, en cualquier manual de termodinámica básica— genera ondas de presión: el murmullo. Cuando nos acercamos al hervor completo, las burbujas ya no colapsan sino que llegan intactas a la superficie. El mecanismo cambia y el sonido también.

Lo que supongo, sin haberlo verificado esta mañana: la frecuencia percibida del sonido depende del tamaño y tasa de colapso de las burbujas. Burbujas pequeñas y frecuentes, tono más agudo. Parece razonable suponerlo, aunque aquí ya no me atrevo a afirmar nada con seguridad sin consultarlo.

Un dato de escala que sí recuerdo: la cavitación en turbinas hidráulicas industriales erosiona el acero. En la tetera, la energía liberada es minúscula —del orden de muchos factores de diez menor—, y se disipa en calor y sonido sin consecuencias. La misma física, escalas incomparables.

La tetera anuncia su estado termodinámico con sonido. Cuando deja de murmurar y borbotea en serio, las burbujas ya sobreviven el ascenso. Es, literalmente, un cambio de régimen que se escucha antes de verse.

#cienciacotidiana #física #cuaderno #termodinámica

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19Tuesday

Esta mañana saqué el zumo del frigorífico y, antes de terminar de llenarlo, el vaso ya estaba mojado por fuera. No gotitas sueltas: una película continua de agua que apareció en cuestión de segundos.

La pregunta es sencilla: ¿de dónde viene esa agua?

Lo que se observa. El exterior del vaso se enfría al contacto con el cristal. El aire de la cocina, a unos 22 °C esta mañana (lo comprobé en el termómetro del salón), contiene vapor de agua invisible. En Madrid en mayo la humedad relativa ronda el 40–50 %, lo que equivale a del orden de 9–11 gramos de vapor por metro cúbico de aire.

El principio relevante está en cualquier texto de termodinámica o meteorología básica: cada temperatura tiene una "presión de vapor de saturación", es decir, la cantidad máxima de vapor que puede coexistir en equilibrio con el agua líquida. Cuando el aire toca una superficie más fría, esa presión límite baja. Si el vapor presente supera el nuevo límite, el exceso condensa. El punto exacto donde ocurre eso se llama punto de rocío — la temperatura a la cual el aire, con su carga actual de vapor, alcanza la saturación.

El orden de magnitud. Para las condiciones de esta mañana, el punto de rocío está más o menos entre 8 y 10 °C. El vaso sale del frigorífico a unos 4–5 °C: por debajo de ese umbral. El vaso tiene una superficie de unos 0,02 m². Si condensan del orden de 0,1 g/m² por segundo —estimación razonable para esa diferencia de temperatura— en diez segundos se acumulan 0,02 g de agua. Suficiente para sentirlo al tacto, no para que gotee. Parece razonable.

Lo que no sé con precisión: cuánto acelera el proceso la convección natural del aire junto al vaso frío. Ese flujo podría traer vapor fresco de forma continua y superar bastante mi cálculo estático. Aquí ya no me atrevo a afirmar nada sin medirlo directamente.

#cienciacotidiana #termodinámica #cuaderno #curiosidad

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23Saturday

Sábado, nueve de la mañana. El sol entra por la ventana del salón en el ángulo bajo que solo tiene en mayo y atraviesa el vaso de agua que dejé anoche en la mesa. En la pared opuesta hay un arco de colores débil pero claro: violeta, azul, verde, amarillo, rojo. El vaso actúa como prisma imperfecto.

La pregunta: ¿por qué el vidrio separa los colores de la luz blanca?

Lo que observo: la luz entra blanca, atraviesa dos superficies curvas y agua en medio, y sale separada en frecuencias. El patrón en la pared tiene unos tres centímetros de ancho a metro y medio de distancia.

Lo que dice la óptica básica: el índice de refracción —cuánto se dobla la luz al cambiar de medio— no es igual para todas las longitudes de onda. La luz violeta (~400 nm) se dobla más que la roja (~700 nm) al entrar en vidrio. La diferencia de índice entre ambos extremos del visible es del orden de 0.01 sobre un valor base de ~1.5. Pequeño, pero acumulable.

Un cálculo de servilleta: si la diferencia angular entre rojo y violeta es de unos 0.5°, a metro y medio la separación esperada es tan(0.5°) × 1.5 m ≈ 1.3 cm. Yo medí tres centímetros. El factor dos se puede atribuir a la geometría cilíndrica del vaso: no es un prisma de caras planas, sino dos superficies curvas con agua entre ellas. Parece razonable sin ser exacto.

Lo que no sé: el trazado de rayos en una superficie cilíndrica llena de agua requiere calcular dos refracciones con radios de curvatura distintos y un índice intermedio (~1.33 para el agua). En ese punto dejo el cálculo abierto y anoto la discrepancia sin resolverla.

Queda como recordatorio útil: los fenómenos que parecen decorativos —un arco de colores en la pared del salón— tienen mecanismos precisos. La velocidad de la luz en un medio depende de la frecuencia. Eso es suficiente para hacer un arcoíris en casa un sábado de mayo.

#cienciacotidiana #óptica #cuaderno #dispersión

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