Hay un momento en el segundo segmento del Köln Concert —Keith Jarrett, 1975— donde la mano izquierda abandona el registro grave y Jarrett comienza a cantar con esa voz rasposa que algunos consideran un tic y otros, una segunda partitura superpuesta. Para mi oído, ese abandono del bajo no es un defecto: es la consecuencia directa del piano equivocado.
La historia es conocida —un Bösendorfer de concierto demasiado pequeño, entregado por error aquella noche en Colonia, con el registro bajo prácticamente inservible— pero conviene recordarla no como mera anécdota sino como condición formal del disco. Köln Concert es una grabación construida sobre una restricción no elegida. Jarrett no tenía acceso a las octavas inferiores con la riqueza habitual, y eso lo empujó hacia el registro medio y agudo: melodías que giran sobre sí mismas, ostinatos que funcionan casi como drones, pasajes líricos que se extienden mucho más de lo que cualquier impulso convencional justificaría.
La grabación tiene algo de transparente que, con auriculares en casa, se vuelve casi incómodo: se oye el chirrido del banco, los pasos en el escenario, la tos del público en los silencios más cargados. Lo escuché ayer tarde, con luz todavía entrando por la ventana, y esa presencia física del auditorio de Colonia me recordó que este disco es tanto teatro como música.
Lo que la obra no intenta: rigor estructural ni desarrollo temático sostenido. No es una sonata, no lo pretende. Lo que consigue es considerable: mantener una escucha de casi una hora sin que el oyente sienta necesidad de salir. Lo que se le escapa, tengo la impresión, es la segunda cara: pierde tensión antes de tiempo, y el remate del último segmento resulta más teatral que verdaderamente necesario.
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