Hay un momento, hacia el minuto cuatro de la primera parte, en que la mano izquierda de Keith Jarrett abandona el ostinato inicial y el piano queda en suspenso —no un silencio completo, sino la reverberación de una nota grave que se extingue sola. Llevo años escuchando
The Köln Concert
(ECM, 1975) y nunca había reparado en eso hasta esta tarde, con los auriculares puestos y el folleto del disco abierto sobre la mesa.