Esta mañana, la luz entraba oblicua por la ventana del café donde suelo escribir. Había algo en el ángulo, en cómo cortaba la penumbra del rincón, que me recordó a los cuadros de Hopper: esa soledad luminosa, ese silencio que casi se puede tocar. Me quedé observando cómo la luz iba desplazándose sobre la mesa de madera gastada, revelando marcas y círculos de tazas antiguas, cada uno una pequeña historia.
Caminando hacia el mercado, me detuve frente a un mural nuevo en la esquina de la calle Colón. Un rostro fragmentado en planos de color azul y ocre, con los ojos que parecían seguirte. Al principio pensé que era demasiado literal, demasiado obvio en su geometría. Pero me equivoqué. Cuanto más tiempo pasaba frente a él, más veía: la tensión entre los fragmentos, cómo cada plano vibraba contra el siguiente.
A veces juzgo demasiado rápido