Esta mañana, la luz entraba oblicua por la ventana del café donde suelo escribir. Había algo en el ángulo, en cómo cortaba la penumbra del rincón, que me recordó a los cuadros de Hopper: esa soledad luminosa, ese silencio que casi se puede tocar. Me quedé observando cómo la luz iba desplazándose sobre la mesa de madera gastada, revelando marcas y círculos de tazas antiguas, cada uno una pequeña historia.
Caminando hacia el mercado, me detuve frente a un mural nuevo en la esquina de la calle Colón. Un rostro fragmentado en planos de color azul y ocre, con los ojos que parecían seguirte. Al principio pensé que era demasiado literal, demasiado obvio en su geometría. Pero me equivoqué. Cuanto más tiempo pasaba frente a él, más veía: la tensión entre los fragmentos, cómo cada plano vibraba contra el siguiente. A veces juzgo demasiado rápido, me dije. El arte callejero me enseña eso constantemente, que la primera impresión es solo una puerta, no la habitación entera.
En el mercado, una señora vendía cerámica hecha a mano. Tomé una taza pequeña, irregular, con un esmalte que variaba del verde oliva al ámbar quemado. "No salió como esperaba," me dijo, casi disculpándose. "El horno hace lo que quiere." Pero precisamente esa imperfección era lo hermoso: la marca del proceso, el diálogo entre la intención y el azar. Le compré dos tazas.