Esta mañana, mientras el sol atravesaba las cortinas y dibujaba líneas doradas sobre el suelo de madera, decidí visitar esa pequeña galería en el barrio viejo. Hacía semanas que posponía la visita, siempre con la excusa del trabajo o el cansancio. Pero hoy algo me empujó a salir.
La sala estaba casi vacía cuando llegué. Solo el murmullo suave del aire acondicionado y mis pasos sobre el concreto pulido rompían el silencio. Las pinturas colgaban de paredes blancas impecables, cada una iluminada con precisión quirúrgica. Me detuve frente a un lienzo pequeño, apenas del tamaño de una ventana: pinceladas gruesas de azul cobalto y ocre, aplicadas con tanta urgencia que podía sentir la velocidad del gesto, la respiración del artista en cada trazo.
Me sorprendí a mí mismo buscando significado inmediato, tratando de descifrar qué