Ayer por la tarde encontré un grafiti a medio terminar en el callejón junto al mercado. Las líneas del contorno brillaban en naranja fosforescente, pero el relleno quedó vacío, como un boceto que alguien abandonó de prisa. Me detuve unos minutos observando cómo la luz del atardecer atravesaba los espacios en blanco, proyectando sombras de color melocotón sobre el concreto. Había algo honesto en esa incompletitud: una obra que no prometía grandeza, solo un momento suspendido entre la intención y el resultado.
Intenté fotografiarlo con el teléfono, pero cometí el error de usar el flash. La imagen salió plana, sin los contrastes que le daban profundidad al original. Me enseñó que algunas cosas necesitan su propio contexto para existir: la pared áspera, el ruido de fondo del mercado cerrando, el olor a cilantro y gasolina mezclándose en el aire tibio. Borré la foto y me quedé solo con el recuerdo, que probablemente es más fiel de todos modos.
Un vendedor de frutas me preguntó: "¿Le gusta eso? Mi sobrino lo pintó el sábado, pero no ha vuelto a terminarlo". Le dije que me gustaba así, incompleto. Él se rio y dijo: "Igual que todo lo que hacemos, ¿no?" Tenía razón, pero no quise hacerlo más filosófico de lo necesario. A veces una conversación breve dice más que un ensayo extenso.
Esta mañana volví a pasar por ahí y alguien había añadido un trazo grueso de azul cobalto en una esquina del grafiti. Tampoco lo completó, pero cambió el equilibrio visual por completo. Me hice pensar en las obras colaborativas sin coordinación: cada quien agrega algo sin consultar al anterior, y al final emerge una especie de conversación muda entre extraños. Es un método caótico pero generoso, porque nadie se apropia del resultado final.
Leí hace tiempo una frase de John Berger: "El arte no reproduce lo visible; hace visible". Ese grafiti, suspendido entre versiones, hace visible el proceso mismo: las dudas, las pausas, las decisiones de último minuto. No necesita estar terminado para funcionar, solo necesita que alguien se detenga a mirarlo con atención.
Lo que me quedó de todo esto fue un pequeño ajuste en cómo veo las cosas incompletas. Antes me frustraban, como si fueran promesas rotas. Ahora las veo como invitaciones abiertas: espacios donde todavía puede pasar algo, donde el significado sigue construyéndose. Tal vez esa es la función del arte callejero: recordarnos que nada está realmente terminado mientras alguien siga mirándolo.
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