Me detuve frente al mural nuevo en el barrio viejo. Alguien pintó tres manos entrelazadas sobre una pared de ladrillo rojo que el sol ya había desteñido. Los dedos se cruzaban con trazos gruesos, casi sin mezclar los colores: amarillo ocre, azul cobalto y un rosa apagado que parecía más naranja bajo la luz de mediodía. La pared sigue agrietada, pero las líneas del mural corren por encima de las fisuras sin intentar ocultarlas. Me gustó eso. El artista no tapó la textura; la incorporó.
Volví a casa y busqué ejemplos de muralismo urbano en la biblioteca digital. Comparé el estilo de ese muro con los murales clásicos de Rivera y los trabajos contemporáneos en Buenos Aires. La diferencia principal está en la intención: los clásicos buscaban narrar historia; los modernos suelen conversar con el espacio mismo. Esa pared agrietada se volvió parte del mensaje. No sé si fue planeado o un accidente feliz, pero funciona.
Intenté un pequeño experimento en mi cuaderno: dibujé una mano con tres lápices de colores diferentes, dejando que los trazos se superpongan sin borrar. Me costó no corregir. Mi impulso era limpiar las líneas, pero decidí dejarlo tal cual. El resultado es más honesto que perfecto. Aprendí que la limpieza no siempre es claridad.
Leí una frase en un ensayo sobre crítica de arte que guardé hace tiempo: "La obra termina donde empieza el espectador." Eso me hace pensar en el mural. Tal vez el artista dejó las grietas intactas porque sabía que cada persona que pasara construiría su propia lectura. Yo vi colaboración en esas tres manos; otro puede ver lucha o apoyo. Ambas son válidas.
Lo que se quedó conmigo no fue solo la imagen, sino la conversación silenciosa entre la pared y la pintura. El arte urbano tiene esa capacidad: toma lo roto y lo transforma en diálogo. No lo arregla; lo habita.
Salí de nuevo al atardecer. La luz había cambiado y el rosa se veía más intenso, casi vibrante. Las sombras alargadas de los edificios cortaban el muro en diagonal. La obra seguía siendo la misma, pero yo la vi distinta. Supongo que eso también forma parte del arte: cambiar con la luz y el momento.
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