Esta mañana la luz entraba oblicua por la ventana del taller, cortando el polvo suspendido en franjas doradas. Había decidido revisar unos bocetos antiguos, esos que guardas pensando que algún día encontrarán sentido. Al desplegarlos sobre la mesa, noté cómo el papel se había amarilleado de forma irregular, más oscuro donde mis dedos solían sostenerlo. Esa pequeña huella del tiempo me hizo pensar en cómo toda obra lleva consigo la marca invisible de quien la toca.
Intenté recrear uno de aquellos trazos con la misma técnica que usaba entonces, pero mi mano ya no se mueve igual.
Fue un pequeño fracaso instructivo