Esta mañana, la luz entraba oblicua por la ventana del estudio, cortando el aire en franjas doradas y grises. Había algo en esa geometría accidental que me hizo pensar en Vermeer, en cómo él organizaba la quietud. Me quedé observando cinco minutos completos, café en mano, antes de darme cuenta de que estaba posponiendo lo que realmente quería hacer: volver a mirar ese cuadro que me ha estado inquietando toda la semana.
Es una pieza pequeña, casi íntima. Un bodegón contemporáneo con tres objetos: una taza, una cuchara, y algo que podría ser una piedra o un trozo de pan viejo. Lo que me desconcierta no es la composición —esa ya la entiendo, triángulo clásico, peso visual bien distribuido— sino la temperatura del color. El artista usó un azul que debería ser frío, pero algo en la mezcla, quizás un toque de siena, lo vuelve casi cálido. Intenté replicarlo esta tarde en mi cuaderno, mezclando y mezclando, pero no llegué ni cerca. Fracasé, y fue instructivo: me falta paciencia con las capas transparentes.
Salí a caminar después del mediodía. En la plaza había un músico callejero tocando algo que sonaba a Satie, pero con pequeñas variaciones. Me acerqué y le pregunté: "¿Es Gymnopédie?" Sonrió: "Era. Ahora es otra cosa." Me gustó esa respuesta. Me quedé escuchando tres piezas más, notando cómo repetía ciertos pasajes pero cambiaba un acorde aquí, un tempo allá. Era como ver a alguien reescribir un poema en tiempo real.