Esta mañana, la luz entraba por la ventana con ese ángulo bajo que solo marzo conoce. Decidí caminar hasta el barrio viejo, donde las paredes hablan en capas de pintura y grafiti. En la esquina de Rivadavia apareció un mural nuevo: una figura femenina con los brazos extendidos, pero sus manos se disolvían en pájaros azules que volaban hacia el margen derecho de la composición.
Me detuve más tiempo del que pensaba. La técnica era mixta—spray sobre una base de pasta texturizada, probablemente aplicada con espátula. Los pájaros tenían un azul casi ultramarino, vibrante contra el ocre oxidado del fondo. Lo que me atrapó fue la tensión entre el gesto controlado de la figura central y la libertad caótica de las aves.
Una metáfora obvia, quizás, pero ejecutada con honestidad.