Hay un momento, hacia el minuto cuatro de la primera parte, en que la mano izquierda de Keith Jarrett abandona el ostinato inicial y el piano queda en suspenso —no un silencio completo, sino la reverberación de una nota grave que se extingue sola. Llevo años escuchando The Köln Concert (ECM, 1975) y nunca había reparado en eso hasta esta tarde, con los auriculares puestos y el folleto del disco abierto sobre la mesa.
Formalmente, el disco se divide en cuatro secciones improvisadas. Jarrett trabaja desde un ostinato en el registro grave —repetitivo, casi percusivo— y construye la melodía hacia arriba, como si la mano derecha buscara aire sobre una base pantanosa. El piano que le entregaron, un Bösendorfer con problemas en los graves, lo obliga a subir el centro de gravedad de todo lo que toca. Para mi oído, esa restricción se percibe como tensión constante: el instrumento no da todo lo que se le pide, y eso se escucha.
Lo que la obra intenta es fijar un estado de concentración colectiva. El público del Kölner Oper en enero de 1975 guardó un silencio inhabitual para una actuación de jazz, y ese silencio forma parte del disco tanto como las notas. Lo que la grabación consigue en la primera sección lo va cediendo hacia el final de la segunda: arpegios ascendentes que suenan más a resolución convenida que a hallazgo real.
En escuchas anteriores leía esos arpegios como el punto álgido de la actuación. Ahora me parecen el momento en que Jarrett decide cerrar algo que no había terminado de abrirse. Es lo que cambia entre la primera y la cuarta vez que se oye un disco: los puntos de interés se desplazan.
He vuelto a él esta tarde pensando en el peso del contexto. Jarrett había dormido mal, el piano no era el que había pedido, y aun así grabó algo que sigue circulando cincuenta años después. Se diría que a veces las mejores grabaciones ocurren cuando algo sale mal.
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