Esta mañana desperté con el sonido de la lluvia golpeando contra la ventana de la cocina, ese ritmo constante que me recordó inmediatamente a las mañanas en casa de mi abuela. Decidí que era el día perfecto para hacer tamales, aunque sabía que me llevaría horas.
Extendí las hojas de maíz sobre la mesa y el aroma húmedo y vegetal llenó toda la cocina. Ese olor siempre me transporta a diciembre, cuando toda la familia se reunía alrededor de la mesa grande, cada uno con su tarea asignada. Hoy estaba sola, pero no me sentía sola.
La masa me quedó demasiado espesa al principio. Siempre olvido agregar el caldo poco a poco, pensé mientras añadía más líquido tibio. Mi abuela solía decir: "La masa debe flotar en el agua como una nube". Tomé un pedacito y lo dejé caer en un vaso. Se hundió como piedra. Añadí más manteca, batí durante diez minutos más, y finalmente logré esa textura esponjosa que buscaba.
El relleno de pollo con salsa verde ya estaba listo desde anoche. Al destapar el recipiente, el cilantro fresco y el tomatillo asado liberaron su perfume ácido y brillante. Probé un poco con el dedo—picante justo como me gusta, con ese toque ahumado del chile que tostaste de más pero que al final mejoró todo.
Armé cada tamal con cuidado: una cucharada generosa de masa, el relleno en el centro, doblar los lados, cerrar las puntas. Mis manos encontraron el ritmo después del tercero o cuarto intento. Los primeros siempre quedan deformes, pero tienen el mismo sabor.
Mientras se cocinaban al vapor, la cocina se llenó de ese vapor denso y reconfortante. Me preparé un café y me senté a esperar, escuchando la lluvia que no paraba. Pensé en llamar a mi prima para compartir algunos, pero decidí guardar la mitad en el congelador para esos días difíciles que inevitablemente llegan.
Al abrir la vaporera, el vapor me golpeó la cara con toda su fuerza aromática. Los desenvolví con cuidado—la hoja se despegó limpia, señal de que quedaron bien. El primer bocado fue perfecto: masa suave y aireada, el relleno jugoso, ese equilibrio entre lo salado y lo picante. Me quemé un poco la lengua por ansiosa, pero valió cada segundo.
Guardé los que sobraron pensando que mañana sabrán aún mejor, cuando los sabores se hayan asentado completamente. Por ahora, me quedé con la satisfacción de haber pasado una mañana entera creando algo con las manos, algo que alimenta más que el cuerpo.
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