Esta mañana desperté con el aroma del café recién molido que mi vecina prepara cada miércoles. Ese olor siempre me lleva de vuelta a la cocina de mi abuela en Oaxaca, donde el café se colaba lentamente en una olla de barro mientras ella amasaba la masa para las tlayudas.
Hoy decidí hacer algo diferente. En lugar de mi rutina habitual, fui al mercado más temprano de lo normal, justo cuando los vendedores terminaban de acomodar sus puestos. La luz oblicua de la mañana hacía que los chiles secos brillaran como joyas rojizas y oscuras. Me detuve frente al puesto de doña Rosa.
"¿Los de árbol o los guajillos hoy, mija?" me preguntó con esa sonrisa que arruga sus ojos.
"Los guajillos," le dije, recordando que quería intentar la receta de mole que encontré en el cuaderno viejo de mamá.
Compré también canela de Ceylon, no la cassia que normalmente uso. Quería notar la diferencia. En casa, al tostarla, el aroma era más delicado, casi floral, menos punzante. Esa pequeña decisión cambió todo el perfil del mole. El sabor final tenía una dulzura sutil que se entrelazaba con el picor ahumado de los chiles, una complejidad que nunca había logrado antes.
Mientras removía la mezcla espesa y oscura, pensé en cómo estos ingredientes llevan historias de siglos. El chocolate que mi abuela molía en el metate, las especias que viajaron océanos, las técnicas que pasaron de mano en mano. Cocinar no es solo alimentarse, pensé, es mantener vivas las voces de quienes ya no están.
Probé una cucharada. Primero, el chocolate amargo en la lengua. Luego, el calor suave de los chiles. Finalmente, esa nota dulce y aromática de la canela que persistía como un susurro.
Guardé la mitad en el refrigerador y llevé el resto a mi vecina, la del café. Un intercambio justo de aromas y memorias.
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