Esta mañana el mercado estaba envuelto en esa luz suave que solo aparece los martes, cuando los puestos aún no están del todo llenos y puedes caminar sin prisa. Me detuve frente al puesto de doña Lucía porque el aroma a cilantro fresco me recordó algo que no sabía que había olvidado: las tardes en la cocina de mi abuela, cuando me dejaba arrancar las hojas mientras ella preparaba el sofrito.
Compré un manojo de cilantro más grande de lo necesario y unos tomates que parecían pequeños soles. "Estos están perfectos para salsa", me dijo Lucía con esa certeza que solo da la experiencia. Tenía razón, pero yo quería probar algo distinto.
En casa decidí hacer una salsa verde con aguacate, cilantro, un poco de jalapeño y jugo de lima. La idea era simple: combinar la cremosidad del aguacate con el frescor del cilantro. Al cortar el jalapeño cometí mi error del día: no usar guantes. Cinco minutos después mis dedos ardían y tuve que frotar aceite de oliva para calmar el picor. Siempre lo olvido, pensé, un poco avergonzada.
La salsa quedó de un verde brillante, casi eléctrico. Al probarla, primero llegó la suavidad del aguacate, luego el estallido cítrico de la lima, después el calor sutil del jalapeño y finalmente esa nota herbácea del cilantro que se queda flotando en el paladar. La textura era perfecta: cremosa pero no pesada, con pequeños trozos que le daban carácter.
La serví con unos totopos horneados y quedé sorprendida de lo bien que funcionaba esa combinación tan simple. A veces las mejores cosas nacen de no tener un plan exacto, solo ingredientes frescos y ganas de experimentar.
Guardé lo que sobró en un frasco de vidrio. Mañana la probaré con huevos revueltos o tal vez sobre un pescado blanco. Las posibilidades me hacen sonreír.
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