Esta mañana, al abrir la alacena, encontré el último puñado de garbanzos que traje del mercado la semana pasada. Estaban guardados en un frasco de vidrio, y al agitarlos sonaron como pequeñas piedras suaves. Decidí remojarlos para hacer un cocido sencillo, aunque sabía que debería haber empezado anoche.
Siempre olvido ese paso.
Mientras esperaba, recordé las tardes en la cocina de mi abuela, cuando ella preparaba potajes que llenaban toda la casa con ese aroma profundo y terroso. Ella nunca medía nada, solo echaba los ingredientes con las manos, confiando en su intuición. Yo, en cambio, todavía consulto recetas, aunque cada vez menos.