Esta mañana desperté con el olor del café recién hecho flotando desde la cocina de mi vecina. Me recordó inmediatamente a las mañanas en casa de mi abuela, cuando el aroma del café mezclado con canela llenaba toda la casa antes del amanecer. Decidí que hoy cocinaría algo que no he preparado en meses: empanadas de calabaza.
En el mercado, las calabazas brillaban con ese naranja intenso bajo la luz de la mañana. Elegí una pequeña, firme al tacto, con la piel lisa y sin manchas. El vendedor, don Miguel, me dijo: "Esa está perfecta para dulce". Tenía razón. También compré queso fresco y unas hojas de acelga que parecían recién cortadas.
Al llegar a casa, corté la calabaza y el aroma dulce, casi terroso, comenzó a llenar la cocina. La asé lentamente hasta que quedó suave como mantequilla. Mientras se enfriaba, preparé la masa: harina, manteca, agua tibia, una pizca de sal. Amasar es mi parte favorita, sentir cómo la masa se transforma bajo mis manos, de áspera y quebradiza a suave y elástica.