El ajo chisporrotea en la sartén antes de que el aceite haya alcanzado su punto, ese error de siempre que ya no intento corregir. Lo dejo dorar apenas, casi rubio, y añado las habas que compré a Amparo esta mañana: las últimas del año, me dijo, ya van menguando.
Era miércoles temprano y el mercado olía a tierra húmeda y a pescado fresco de la lonja. Las habas de Amparo venían todavía con vaina, gruesas, con esa película interior grisácea que hay que retirar con paciencia si no quieres que amarguen el fondo del plato. Las pelé sentada en la encimera, con el café enfriándose en la taza, sin prisa.
El sofrito se me quedó corto. Entró el vecino a devolver la sal que le presté el lunes y perdí el hilo del fuego. Cuando volví a la sartén, la cebolla estaba translúcida pero sin ese fondo tostado que le da peso al guiso. Añadí un chorrito de vino blanco — el que lleva abierto desde el viernes — y lo dejé reducir despacio para compensar.