El ajo chisporrotea en la sartén antes de que yo me decida. Ese momento —el aceite todavía transparente, el ajo empezando a tomar color por los bordes— es el único en el que hay que estar atenta.
Hoy en el mercado, Amparo tenía rape de roca. Me enseñó las branquias: rojas, casi vivas. Me quedé con el trocho de la cola, suficiente para dos raciones aunque como sola. La otra mitad la guardaré para el caldo de mañana.
Hice un sofrito lento con tomate tardío de temporada —Amparo los tiene del Perello, pequeños y con la piel rugosa— y pimentón de la vera dulce. El pimentón lo eché con el fuego apagado, como hacía mi abuela en Válor cuando preparaba el potaje de habichuelas. Ella decía que el pimentón quemado no perdona. Tiene razón.